Násere Habed López
Las condiciones de vida y trabajo del maestro nicaragüense son deprimentes, humillantes, indignas a su elevada misión social. Así se desprende de una investigación que dirigí, con el apoyo de 43 estudiantes del cuarto año de Pedagogía de la Universidad Católica, que entrevistaron a 210 maestros de ambos sexos de primaria y secundaria, de colegios públicos y privados de los departamentos de Managua, Masaya y León.
De acuerdo con la encuesta, el 50 por ciento de los maestros gana menos de C$1,400.00, aún cuando el 20 por ciento de ellos imparte más de las horas reglamentarias de clase (25 horas). Esto es, tienen un salario equivalente a la mitad del costo de la canasta básica. He aquí algunos ejemplos típicos:
Liliana, profesora de Diriomo, imparte 36 horas semanales de clase, gana C$1,253 mensuales. Se ayuda económicamente trabajando como costurera para completar la pana del mercado. Imelda, gana C$1,308.61, soltera con cuatro hijos. Además de las clases hace las labores domésticas, atiende a sus hijos, sin ayuda de nadie. Josefina, maestra de un centro autónomo, gana C$1,234.00, se encuentra mal de salud y tensa por la carga de trabajo. El dinero no le ajusta para las medicinas y el Seguro no le da lo que necesita.
De los encuestados el que más gana (C$3,180) es un maestro de Masaya, casado, con cinco hijos, que dijo: “Gano C$980.00 de básico, trabajando por la mañana en una escuela pública. Además trabajo en un colegio privado para ganar C$1,100.00 en la tarde y otros C$1,100.00 dando clases por la noche. Tengo un total de 460 alumnos. Para completar los gastos de mi hogar, los sábados cuido cerdos en una granja de mi cuñado. Me siento agotado, tengo que trabajar duro y mis alumnos son muy rebeldes”.
Algunos maestros entrevistados (5 por ciento) reciben menos del salario básico (C$904.00). Rosa, maestra de un pre-escolar privado, dice :“Gano C$230.00 córdobas mensuales por 25 horas semanales de clase. Me ayudo haciendo hamacas en un taller. Hubiera preferido haber estudiado enfermería, pero no tenía para el pasaje diario y tuve que internarme en la Escuela Normal”.
Una maestra comunitaria dice: “Gano C$250.00 cada 2 meses y un paquete de provisiones mensuales valorado en C$170.00. Soy madre soltera, con tres hijos. Para ayudarme cultivo papayas y las llevo a vender. Para colmo, la escuela donde trabajo sólo tiene techo y pasa cerca de un río cochino, con aguas negras”.
De los encuestados, quien hace más horas de clase es Jaime, profesor de secundaria, con más de 80 horas semanales en turnos matutino, vespertino, nocturno, sabatino y dominical.
En cuanto al estado civil, el 53 por ciento de los maestros entrevistados son casados, el 4 por ciento divorciado, el 41 por ciento solteros, y el 2 por ciento viudos. Llama la atención que el 30 por ciento del total de las maestras sean madres solteras, generalmente con dos ó más hijos.
Casi todo los maestros viven “enjaranados” teniendo comprometido el salario del mes siguiente. Algunos de ellos, con su propio salario, compran el material didáctico que no les provee la escuela.
Para sobrevivir al bajo salario, el 70 por ciento de los maestros realiza otras actividades remuneradas, entre los que se destacan: dar clases privadas (25 por ciento), vender productos, como cosméticos, libros, “chucherías”, ropa, fritanga (20 por ciento); hacer trabajos de carpintería, electricidad, fabricación de hamacas (15 por ciento); costura, lavar y planchar ropa a domicilio (10 por ciento)
Rosa, maestra rural, con 13 años de servicio, casada, con cuatro hijos, se ayuda vendiendo cosméticos. Rebeca, maestra de segundo grado, con un hijo, gana C$1,300.00 mensuales, “que no me ayudan en nada”. Vende fritanga en la noche. Amalia, soltera con dos hijos, se ayuda vendiendo sopa los domingos.
El 70 por ciento de los maestros recibe también la ayuda de otras personas, principalmente : cónyuges (40 por ciento), hermanos (14 por ciento) y padres (8 por ciento)
Frente a los salarios miserables y la baja estima social, los maestros se sienten desilusionados de su profesión. Ha sido más fuerte el llanto de sus hijos que la misma vocación. No extraña por ello que el 90 por ciento de los maestros entrevistados hubiera preferido haber seguido otra carrera, como Administración de Empresas (16 por ciento), Derecho (14 por ciento), Computación (12 por ciento) y Contabilidad Pública (12 ) Si les diéramos la posibilidad de elegir profesión, Nicaragua quedaría sin maestros.
Es deber patriótico rescatar la dignidad del maestro, comenzando por mejorar sustancialmente sus salarios, incrementándolos por lo menos en un ciento por ciento para que cubra por lo menos la canasta básica. La mejor oportunidad es ahora que existe la posibilidad de algunas modificaciones del Presupuesto Nacional. Los diputados tienen la palabra.
El autor es profesor de la Universidad Católica de Nicaragua.