Un espejo para Nicaragua

Nicasio [email protected]

Los recientes hechos en Haití me hacen pensar de nuevo en la vulnerabilidad de nuestros sistemas e instituciones, en los continuos peligros que nuestras débiles democracias sufren a medida que los políticos manipulan las leyes; en la inminencia del caos que continuamente acecha nuestra vida social; y en la caída del líder, del hombre que en un momento se erige como la esperanza del pueblo, como la mejor opción, para al cabo de unos años ver el repudio de ese mismo pueblo que lo eligió, escuchar acusaciones de corrupción, y terminar en el exilio o en la cárcel.

La comparación despierta cierto recelo entre nosotros los nicaragüenses. Compararnos con Haití es para algunos vergonzoso, demuestra qué tan bajo hemos caído. “Somos la nación más pobre del hemisferio después de Haití”, estribillo que se repite una y otra vez que el nombre de Nicaragua aparece en una noticia económica. Nicaragua tiene cinco veces más territorio que Haití, tiene muchísimas más tierras arables, más riquezas forestales, minería, ríos y lagos. Es decir tiene muchísimos más capitales naturales y potencialidad para crear riqueza, y sin embargo no lo hacemos. Siempre nos hemos considerado superiores a Haití, superiores a Honduras, pero los indicadores económicos y sociales demuestran que Honduras nos ha superado como nación, y nuestro comportamiento social es bastante similar al de los haitianos en muchos sentidos.

A pesar de que somos mucho más grandes que Haití en términos territoriales, tenemos menos población. Cinco millones aproximadamente en Nicaragua versus siete millones y medio en Haití. Esto demuestra que para nosotros sería más fácil crear fuentes de trabajo para toda la población, educar a nuestra juventud, atender las necesidades médicas de la población, construir viviendas y desarrollar la infraestructura. Somos una familia con más recursos y con menos hijos, sin embargo nuestros hijos viven tan mal como los del vecino de enfrente. La única explicación es que somos tan malos o peores administradores, que nuestros políticos son tan o más corruptos, y nuestra ideología como nación es tan o más destructiva.

Haití fue el primer país del hemisferio en abolir la esclavitud. Un acto de emancipación ideológica importante en el desarrollo de la sociedad. Sin embargo durante todos sus años de independencia han vivido esclavizados por dictadores sanguinarios, gobernantes corruptos, militares violentos y ambiciosos, y un sistema de injusticia social aberrante. En Nicaragua hemos vivido una historia similar. Ya que a partir de la independencia hemos tenido numerosos gobiernos irregulares, por lo menos tres dictaduras militares de larga duración, gobernantes corruptos y ambiciosos que han empobrecido al país sin misericordia, y un sistema de justicia social vergonzoso para cualquier cristiano.

Cuando François “Papa Doc” Duvalier llega al poder en 1957 se convierte en un dictador en muchos aspectos comparable a Somoza. Empezando por su creencia mesiánica de ser el elegido para guiar a su pueblo, y terminando por las ambiciones dementes de querer gobernar de por vida. Papa Doc formó su propio ejército de choque, los Tontons Macoutes, que manejaba como Somoza la Guardia Nacional. Su manipulación de la legislatura era también similar a la forma en que Somoza controlaba al Congreso nicaragüense. Finalmente, en 1970 Papa Doc le pasó el poder a su hijo Jean Claude Duvalier, como el poder de Somoza pasó a manos de Luis y después a Tacho. Nicaragua siempre ha sido más sutil en la forma de manejar estas formaciones sociales y transferencias de poder, revistiendo con más habilidad los cambios de fachadas democráticas e institucionales. Pero en el fondo las cosas han sido muy similares. Hasta la historia del intervencionismo norteamericano en Haití es comparable con las intervenciones estadounidenses en Nicaragua; siempre como una mezcla de ineptitud y corrupción de las autoridades locales, y la necesidad norteamericana de proteger sus intereses en la región y apropiarse de espacios de desarrollo económico y fuentes de recursos naturales.

Jean-Bertrand Aristide surge en la escena política con un discurso populista, de compasión por los pobres y de compromiso cristiano, que en mucho se asemeja al discurso de la revolución popular sandinista y a la teología de la liberación. A medida que Aristide se consolida en el poder, después de su restitución a la Casa Presidencial por los infantes de marina estadounidenses en 1994, Aristide empieza a enfermarse con el poder, forma los grupos de choque “Les chimères” para defender su régimen y reemplazar al ejército disuelto en 1995; y empieza a manipular la situación política y las instituciones como lo han hecho tantos políticos en Haití o en Nicaragua. Su período había sido interrumpido por un golpe de Estado, por lo que Aristide no había podido gobernar plenamente y desde entonces se plantea la idea de la reelección. Como la Constitución se lo prohíbe, el partido Lavalas nomina a Rene Preval quien gobierna hasta el 2000, año en que Aristide vuelve al poder. El populismo y la opción por los pobres han sido reemplazados ahora por corrupción y ambición de poder, con lo que se desvirtúa el mandato original de la plataforma de Lavalas. Algo muy similar a lo que pasó en Nicaragua con la Revolución Popular Sandinista, donde un discurso socializante de opción por los pobres se convirtió en la plataforma para el enriquecimiento de una nueva clase hegemónica y dictatorial.

Muchos de los defectos y problemas de Haití son nuestros defectos y nuestros problemas. Una élite política y económica cuya única preocupación es su enriquecimiento personal y su control del poder. Un caudillismo que hace que las leyes y las instituciones giren en torno a personas y no a principios, derechos y deberes. Total indiferencia por la nación y el país como entidad histórica, y falta total de autoestima por parte de los políticos a quienes no les importa pasar a la historia como ladrones, vende patria o ineptos. Dentro del racismo y la “pigmentocracia” nicaragüense es muy difícil aceptar este parangón con Haití, pero la evidencia demuestra lo contrario. Mirémonos en ese espejo y quizás así empezaremos a cambiar un poco.

El autor es catedrático de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí