Ariel Montoya
Mientras haya un mayor empecinamiento de grupos parlamentarios liberales en sacar al reo y ex presidente Arnoldo Alemán de la cárcel mediante el ya fracasado decreto de amnistía, se agudizará aún más la crisis institucional de los poderes del Estado, y podrán verse afectadas potables iniciativas para el desarrollo social del país, como las establecidas en el Cafta o las fijadas en la reducción de la deuda externa. También la modernización del sistema jurídico institucional que desde el 2001 viene impulsándose, como la lucha anticorrupción, la vigencia del Plan Nacional de Desarrollo y la exaltación popular en contra del caudillismo, marcarían insospechados retrocesos.
La diferencia contrastante entre una estructura gubernamental presidida por el mandatario Enrique Bolaños, quien ha iniciado todo el actual proceso de transparencia administrativa, y el sector ultramontano del liberalismo arnoldista, empecinado escandalosamente no sólo en la liberación absurda de éste, sino en la preparación de su retorno al Poder Ejecutivo —¡crasa interpretación de las leyes!, chabacanería y adefesio jurídico!— está más claro que nunca.
Mientras por un lado el presidente Bolaños consolida su prestigio internacional, después de haber propiciado una espectacular reducción de la deuda externa, lo que está ya generando una megaconstrucción de carreteras en el país, no sólo en función del desarrollo productivo sino además turístico y comercial, y quien, a su vez, está también contemplando la posibilidad a largo plazo de la construcción de un canal interoceánico, el sector político en mención se estanca no sólo en una inconsecuente diatriba estéril, que a la larga no hace más que propiciar un clima peligroso para el país y sus instituciones, sino que también, no contribuye a la generación de un debate típico del momento.
Incapaz de aceptar la culpabilidad de su líder, este sector del PLC podría arrastrar a dicha organización a una crisis de mayores proporciones, que implicaría el alejamiento y retiro de muchos de los elementos honestos y bien intencionados, como Eduardo Montealegre, David Castillo, René Herrera y Víctor Guerrero de sus filas. De hecho, ya existen en la organización distintas tendencias, las que, tomando como esfera toral el caso de la amnistía, empiezan a generar controversias en sectores dirigenciales de importancia.
Frente a esta disyuntiva, las bases numerosas e importantes del Partido Liberal Constitucionalista tienen dos opciones: o hundirse y perder su oportunidad histórica, como movimiento del liberalismo en marcha, anquilosándose en las tinieblas relamidas del culto a la personalidad y sus propagandistas; o encontrar la vía correcta y expedita en el surgimiento de un nuevo liderazgo en el partido.
Un partido que tiene un lastre tan pesado como el affaire Alemán es muy difícil que no se deteriore. Así como también es muy difícil que el Frente Sandinista, partido con considerables bases populares pero con un liderazgo verticalista, autoritario, demagógico y desgastado, no sufra esas mismas consecuencias señaladas anteriormente.
Mientras toda la comunidad internacional está horrorizada frente a los últimos escándalos protagonizados por políticos y funcionarios corruptos, mientras las cámaras de televisión enfocan los rostros de hombres como Alfonso Portillo, ex Presidente de Guatemala, huyendo del país, y a su ex Contralor saliendo esposado de la frontera de Peñas Blancas hacia su país de origen para enfrentar cargos de corrupción, aquí en Nicaragua un grupo de diputados que confunden el arte de la política con relaciones afectivas y de fidelidad se empecinan en liberar de sus onerosos cargos al caudillo enjuiciado.
El autor es escritor y periodista.