El último Samurai me pareció una de las mejores películas que he visto, que no son pocas. Pero la verdad es que no sirvo para calificar películas. Admiro a quienes con asombrosa facilidad determinan si una película es mala o buena, pues a mí simplemente me gustan o no me gustan.
En todo caso, prefiero las películas que se basan en hechos históricos. Tal vez por eso fue que me gustó tanto El último Samurai, en la que lo esencial —para mí— es la lección de que en la cultura se manifiesta la conducta aprendida, la cual se transmite de generación en generación y forma los valores y la personalidad del individuo. Esto ya lo había leído, por supuesto. Pero en El último Samurai se puede apreciar dramáticamente cómo de la cultura asimilada en la niñez depende el comportamiento en la vida adulta; se ve cómo la persona se fortalece cuando sus patrones de conducta son positivos y altruistas, y que, al contrario, cuando se debilitan sus principios el individuo sucumbe y la sociedad tiende a destruirse.
Como dice la publicidad de la película El último Samurai, ésta transcurre en una coyuntura histórica crucial, en medio de la lucha épica de dos eras y dos mundos, cuando los valores que rigieron a los Samurai durante siglos estaban siendo abolidos.
Los Samurai formaban la casta guerrera de la época feudal japonesa (durante los siglos VIII al XIX), que servían con particular fidelidad al emperador. Ellos se regían por un código moral —el Bushido—, en el que por encima de todo estaba el honor, la valentía, la fidelidad al emperador y al Shogún, o sea el caudillo militar, título creado en 1192 por el emperador para el caudillo guerrero Minamoto Yoritomo, como recompensa por sus victorias militares sobre los mongoles.
Pero tan glorioso sentido del honor no era exclusivo de los guerreros, sino que formaba parte de la cultura japonesa en general. A propósito, hace tres días, el 17 de febrero, se celebró el centenario de la primera puesta en escena de la ópera de Giacomo Puccini basada en un tema japonés, Madame Buterfly, en la que el momento cumbre es cuando la heroína, Chio Chio San, al darse cuenta de la traición de su esposo norteamericano Benjamin Franklin Pinkerton y antes de quitarse la vida haciéndose el harakiri, exclama: “Debe morir con honor quien sin honor no puede vivir”.
Pero, volviendo a El último Samurai, la película transcurre en el escenario histórico cuando Japón decide modernizarse. El emperador era entonces Mutsuhito, quien subió al trono a los 15 años de edad y su imperio duró 45 años (de 1867 a 1912). En ese período trascendental se puso fin al feudalismo y fue abolida la casta de los Samurai; la capital imperial fue trasladada a Tokio; se libró la guerra japonesa contra China (1895) que causó la independencia de Corea y la incorporación de Taiwan al Japón; se proclamó la Constitución del Estado (1889); ocurrió la guerra ruso-japonesa victoriosa para el Japón (1904-1905); y Japón se anexó a Corea en 1910.
Pero el emperador Mutsuhito logra —gracias al sacrificio heroico del último Samurai— que el Japón se modernice y occidentalice conservando los valores de la cultura japonesa. De modo que —a mi juicio— el mensaje de la película para la actualidad es que podemos insertarnos en la globalización sin renunciar a los principios y valores de la cultura nacional. Mejor dicho de lo que queda de ellos, después de la devastadora corrupción de los últimos tiempos.