La oscuridad del recuerdo

Eduardo Enrí[email protected]

La muerte de Carlos Guadamuz, además de la tragedia que representa para su familia y la amenaza para la libertad de expresión, ha creado una especie de resplandor que ilumina un rincón cuya permanente oscuridad nos lo va hundiendo en el olvido, pero que de pronto aparece con toda claridad, recordándonos que siempre estuvo ahí.

Independientemente del móvil del asesinato, que hasta el momento sólo el asesino –y los autores intelectuales, si los hubo– lo saben a ciencia cierta, la verdad es que los fogonazos de los cinco disparos que salieron de esa pistola Taurus el pasado martes despejaron la oscuridad en que estaba cayendo nuestro recuerdo.

Que el asesino y otro aparente implicado hayan sido miembros de la temida Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE) no quiere decir necesariamente que el asesinato esté vinculado al Frente Sandinista, de cuyas entrañas salió la temida “Seguridad”, pero sí revive los recuerdos de lo que fue capaz ese órgano y otros, como la Dirección Quinta, tan mítica, que parece salida de una novela y que pocos saben a ciencia cierta cómo operaba. Órganos que fueron creados estrictamente para reprimir a la población bajo la falsa excusa de “proteger la revolución”.

Los padres de esos órganos han hecho grandes esfuerzos por maquillarse y cambiar su imagen. Han sido 13 años de muchas camisitas de cuello chino, de melodías electorales, de sonrisas y de colores suaves. Hasta desecharon el rojinegro y han caído en lo que ellos mismos habrían llamado en los tiempos de su apogeo, un colaboracionismo con regímenes de derecha.

La verdad es que muchos los habían comenzado a ver con otros ojos. Aunque aún con cierta desconfianza, otros estaban pensando que tal vez, en efecto, el tiempo había ejercido algún tipo de metamorfosis sobre ellos. Casualmente un día antes de la muerte de Guadamuz una dirigente de la otrora Resistencia Nicaragüense y ahora aliada convergente había dicho que necesitaban otra oportunidad.

Sin embargo, este asesinato atroz, aun y cuando ninguno de ellos tenga nada que ver con él directamente, los ha dejado prácticamente desnudos ante la población. Se les puede ver de nuevo con todas sus horribles cicatrices y muecas de antaño.

Porque hay aún muchas preguntas por resolver en este crimen, pero dos han quedado claras como el agua: que fueron ellos los que crearon a este hombre que ahora puede masticar chicles sin inmutarse después de haber asesinado a un ser humano. Y que ellos –los que lo crearon– se mantienen juntos, organizados, conectados y sin haber experimentado el menor remordimiento o el mínimo acto de contrición por el autoritarismo, la represión, la tortura y el odio que esparcieron en esta sociedad durante 10 años.

Trece años para un pueblo joven como éste es mucho tiempo. La mente estaba brumosa, los recuerdos oscurecidos eran ya más olvido que otra cosa, pero los fogonazos de esa pistola el pasado martes lo despejaron todo.

Ellos crearon a William Hurtado García y a todo el sistema de represión y horror que gente como él impulsó. ¿Se han arrepentido de ello? Todavía no los he escuchado decirlo.

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