Preocupantes indicadores sanitarios de Nicaragua

Emilio Álvarez Montalván*

Así como la meteorología nos previene sobre el estado del tiempo, de manera similar la bioestadística nos alerta acerca de la salud de la población. Además de informarnos sobre los índices de morbilidad y mortalidad, aquellos índices nos advierten sobre el perfil epidémico que predomina en el país.

Al fin y al cabo el estado de salud de la población está condicionado por las inversiones que en esa materia hacen los gobiernos y por la educación de las personas. Tomemos como ejemplo el impacto de la ingeniería sanitaria. Es alarmante que todavía el 40 por ciento de las infecciones gastrointestinales provenga de la contaminación del agua que bebemos. Explicable, porque el 32 por ciento de la población carece de agua potable por cañería, y el 86 por ciento de los hogares no dispone de inodoros conectados a la red sanitaria, ni deposita la basura en el tren de aseo.

Por otra parte, el costo de la salud en Nicaragua ha subido mucho. Para empezar, en 1950 éramos menos de un millón y ahora somos cinco. Como consecuencia, la demanda de servicios médicos, costo de preparar y aumentar el número de personal médico y paramédico, así como adquirir medicinas de patente y realizar exámenes especiales, es muy alto. Además ya no basta controlar las patologías sino prevenirlas; no es suficiente preocuparse por la enfermedad, sino por el ambiente. Finalmente, las epidemias no son responsabilidad exclusiva del país lejano donde aparecen, sino que debemos defendernos de su globalización. Tal es la situación de la “gripe aviaria”, la encefalitis espongiforrme (“vacas locas”), el cólera, la “neumonía grave” de China continental, sin olvidar el sida que ya refleja aquí incidencia preocupante.

Por otra parte, la inclusión de Nicaragua en la HIPC nos obliga a escoger mejor dónde poner nuestros escasos recursos, como sería supervisando los gastos hospitalarios (cirugías ambulatorias) fuga de materiales, evaluando periódicamente la calidad de los Silais, distribuyendo medicinas genéricas y promoviendo la participación de los vecindarios, de forma que podamos hablar de antes y después del Plan Nacional de Salud (PNS).

Además, el perfil epidemiológico de Nicaragua varió. El paludismo dejó de ocupar el primer lugar de infecciones transmitidas por el mosquito y fue reemplazado por el dengue. Si bien desaparecieron la rabia, tétanos, viruela y en gran medida la poliomielitis, sarampión y tos ferina, por las vacunaciones masivas, hay enfermedades cuya prevalencia aumenta. Me refiero a la desnutrición infantil (24 por ciento), lesiones por violencia intrafamiliar, pandillerismo, accidentes de tráfico o drogadicción, productos de la urbanización acelerada (6 por ciento), hacinamiento (43 por ciento de los hogares), y desorden vial.

Otras enfermedades aumentan su presencia: 1. Al ascender la esperanza de vida al nacer. 2. Al detectarse a tiempo enfermedades.

Así, el promedio de vida que era de 38 años en 1950 es ahora de 69.5 años. Por ello son más frecuentes afecciones del adulto mayor: accidentes cardiovasculares, tumores, fracturas, demencia…

No obstante, hay índices históricos que es preciso reducir: explosión demográfica (2.9 por ciento); mortalidad infantil (35 por mil); mortalidad neo y perinatal; embarazo de adolescentes (28 por ciento); mortalidad materna (96 por cien mil); población que se medica sin receta(32.2 por ciento).

Hay algo más. Me refiero a la oferta creciente de servicios médicos sin respaldo académico ni autorización del Minsa. Managua está cayendo en un “curanderismo irresponsable”, debido tanto a la desorganización del gremio médico como a falta de funcionarios supervisores. Racionalizar el manejo de estos problemas es esencial, fijando una línea de base. Así me parece oportuno que el PNS localice prioridades, etapas y tiempo para cumplirlas. En ese contexto, el folleto que divulga los actuales indicadores de salud es oportuno, aunque fuera más útil compararlos con la incidencia histórica de los mismos.

* El autor es médico.

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