Franklin Caldera
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Libertad de expresión:la cura peor que la enfermedad
Franklin Caldera
Al comienzo de su artículo “Los disidentes en Cuba tienen lo que merecen”, Roberto Martínez parece defender la libertad de expresión contra las trabas impuestas por las megacorporaciones que controlan los medios en Estados Unidos. Pero, ¿cuál es el modelo que propone como solución? ¡El castrismo cubano! Es como curar una fractura en el tobillo amputándole el pie al paciente.
Para que las opiniones tengan sentido deben basarse en datos correctos, no en sofismas. La afirmación tajante de Martínez de que en EE.UU. los “medios no publicarán nunca ninguna opinión que vaya en contra de los intereses de sus anunciantes y/o de sus propietarios”, aunque aparentemente lógica, es errada.
Si de algo no se puede acusar a EE.UU. es de falta de libertad. Se trata del país donde las investigaciones de dos periodistas desembocaron en la renuncia de un Presidente, cabeza del complejo industrial-militar-energético que, según Martínez, es propietario de las principales cadenas de TV. Otro ejemplo del poder de la opinión es la campaña en contra del consumo de cigarrillos, que ha puesto en jaque a las compañías tabacaleras, a pesar del poderío económico de éstas.
El debate encarnizado en torno a la guerra de Irak ha sido ampliamente cubierto por los medios. Cuando regresó de su viaje a Irak antes de la invasión, el actor Sean Penn tuvo la oportunidad de explicar en varias entrevistas por televisión y conferencias de prensa, los motivos por los que se oponía a la guerra, sin sufrir ninguna represalia. ¿Cómo le habría ido en Cuba a un artista que hubiera cuestionado el envío de tropas a Afganistán en los años ochenta?
La libertad de expresión es, junto con la libertad de empresa, la separación de poderes, las prestaciones sociales y otras características, elemento constitutivo del sistema socioeconómico estadounidense que ha producido un pujante mercado laboral del que se benefician millones de emigrantes, entre los que se cuentan cientos de miles de nicaragüenses pobres. Resultaría más productivo analizar cómo la combinación de esos elementos puede ayudar al desarrollo nacional, que continuar con las posiciones exaltadas basadas en mixtificaciones de la realidad, endémicas en nuestro medio y que nos han llevado a un estado de catatonia económica y social.
Podría argumentarse que la libertad de expresión en EE.UU. no evitó la guerra de Irak, a pesar de las manifestaciones masivas en su contra. Esto se debe a que la guerra es el mayor enemigo de la democracia (dijo Tolstoi: “Si todos fueran a la guerra por sus íntimas convicciones, no habría ninguna”); un contrasentido trágico que establece un fuero de excepción en cualquier sistema democrático, no la medida del mismo.
Es verdad que en Cuba no existen megacorporaciones. Lo que existe es una sola megacorporación que responde a una sola megavoluntad cuyo dominio absoluto tiene un efecto paralizante en la población. ¿Es éste el modelo que nos conviene?
En todo caso, atacar a los disidentes cubanos que tratan de abrir espacios de libertad en su país, llamándolos mercenarios, constituye, por no decir otra cosa, una falta de caridad cristiana. Es como darle una patada al que está en el suelo.
El autor es abogado y crítico nicaragüense