Cristo en la poesía de Darío

Emilio Zambrana

Sin la pretensión de convertir estas sucintas anotaciones acerca de uno de los temas universales en la poesía de nuestro grande poeta Rubén Darío, como es el tema de Cristo, ni estigmatizar esa figura como lo que podría denominarse de algún modo, me permito usar el neologismo “la cristología” en Darío, pues creo conveniente señalar que el Príncipe de las Letras Castellanas incursionó en una poesía en la cual Cristo y la fe eran un punto de referencia de una vastísima obra que caló muy hondo en el devenir de la literatura universal.

Lo considero necesario, habida cuenta de las dudas, vacilaciones y el drama interior del poeta, que están presentes en los poemas en los que Cristo es la figura en la cual se arropa para ofrecernos oscilaciones en el pensamiento del panida. Y esas oscilaciones del poeta entre lo mundano y lo ascético son precisamente un terreno poético que abona en lo más íntimo de un Darío indeciso y pendular, de un creador que se debate entre el pecado y el arrepentimiento que proporciona la fe.

En la medida en que Darío se va adentrando en una edad en la cual esas dudas afloran como un ramillete de inquietudes, en esa medida se interroga:

“Huyendo del mal, de improviso

se entra en el mal

por la puerta del paraíso artificial”.

Transido de preocupaciones existenciales y de fe, Darío enerva sus versos diciéndonos:

“El domingo de amor te hechiza;

mas mira cómo

llega el Miércoles de Ceniza…”.

Pese al hedonismo presente en la poesía de Rubén Darío, tiene un momento vital para esparcir sus inquietudes acerca del tema de Cristo, asomándose al cristal de un mundo enajenado, en el cual él se apresura a cantar desde lo más profundo de su ser poético.

En el terceto final de su poema Toisón, escrito en los albores del siglo XX, Darío exclama despiadadamente un retruécano de la existencia acontecida:

“Soy Satán y soy un Cristo

que agoniza entre ladrones…

¡No comprendo dónde existo!

Y ya no digamos los versos A Francisca, su amante, en los cuales el sentimiento cristiano es una constante preocupación que atormenta al poeta al punto de singularizar su pasado y su presente ante el enigma al cual se enfrenta y, en donde, aparentemente su alma apacible se entrega a ese cristianismo mediante el amor conyugal:

“Seguramente Dios te ha conducido

para regar el árbol de mi fe.

Hacia la fuente de noche y de olvido!”

Sin duda nuestros grandes darianos como Jorge Eduardo Arellano y, entre otros, Noel Rivas Bravo, estudiosos ambos de esa gran obra que nos legó el bardo, se han encargado de apuntalar en sus enjundiosos trabajos sobre la vida y obra del poeta y, desde luego, el tema de Cristo en la poesía Dariana ha sido motivo de reflexión y análisis literario.

Por ello, repito, esta sucinta aproximación no es más que algunas observaciones salidas de la lectura de piadosos y a veces crudos de fe, de nuestro grande poeta. Algunos de nuestros estudiosos de la obra del poeta han señalado esta convivencia temporal de Darío entre lo pagano y lo cristiano, como lo manifiesta en su poema Responso a Verlaine, y así nos dice:

“…y el Sátiro contemple, sobre un lejano monte, una cruz que se eleve cubriendo el horizonte

¡Y un resplandor sobre la cruz!”

Déjenme decirles que este tema no es nuevo en ser abordado por nuestros intelectuales darianos. Nuestros estudiosos de la vida y obra de Rubén Darío han señalado, además de la cronología de los poemas y libros publicados por el poeta, la exactitud de un Jorge Eduardo Arellano, José Jirón Terán, Edgardo Buitrago y Noel Rivas Bravo. Es decir, la identificación de una poesía religiosa por lo genérico y cristiana por lo específico, como lo señala con un acierto mágico el poeta ya fallecido y también dariano, Ernesto Gutiérrez.

Así tenemos, por ejemplo, el famoso soneto titulado La Fe, y luego, pocos meses después, escribe Ernesto Gutiérrez, “de su etapa de enfat terrible, cuando anticlerical y anticatólico, escribe los poemas El Jesuita, Al Papa y, entre otros, A la razón.

Los términos “virtud”, “plegarias”, “creer”, “espíritu” y “caridad”, para no ser pretencioso en estas anotaciones, asoman como una llama vívida en cada uno de los poemas de Rubén Darío. Ya no digamos en el poema La Plegaria en donde clama por esa fe ambigua pero genial lo siguiente:

“Dame Señor, que tenga

la llama de la fe en el pecho mío,

y dame que me venga

tu bienhechor rocío

que es efluvio de amor, ¡Dios justo y pío!”

Y luego concluye:

“Y cual rayo de aurora

que dora el cielo al despuntar el día

santa y fecundadora,

¡oh fruto de María!

Volvió la fe a alumbrar el alma mía”.

Son innumerables los poemas en donde el tema de Cristo y los elementos religiosos están registrados en la memoria poética de un Rubén Darío embebido en la fe como: La página blanca, La espiga y En elogio del ilustrísimo señor obispo de Córdoba, Fray Mamerto Esquiú, en donde nos dice sólo por citar tres de los más representativos en ese fecundo período de encuentro y desencuentro en la fe que el poeta experimenta:

“…un blanco horror de Belcebú

un salterio celeste de vírgenes y santos,

un cáliz de virtudes y una copa de cantos

tal era Fray Mamerto Esquiú”.

Para finalizar y patentizar esa actitud digamos cristiana en algunos temas en la poesía de Rubén Darío, nos encontramos con ese excelso poema A Colón, por lo demás premonitorio de circunstancias históricas los siguientes versos:

“Cristo va por las calles flaco y enclenque

Barrabás tiene esclavos y charreteras

y las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque

han visto engalonadas a las panteras”.

Confieso que éste es un tema en el cual eruditos en el estudio de la obra dariana han desglosado con suma claridad y expansión singular. Hubiese deseado ahondar en dicho tema, pero el ejercicio periodístico sumado a las ocupaciones propias de la vida cotidiana, sólo me han permitido estas anotaciones que ahora hago suyas para que surja “algún Fénix” aventajado en la materia y nos proporcione un estudio completo sobre Cristo, el cristianismo y la religiosidad en la poesía de Rubén Darío.

El autor es poeta

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