Gustavo Ortega [email protected]
Cuando escucho la canción de Piero dedicada a los padres, encuentro de inmediato la figura del mío, que me ha motivado a rendirle públicamente este homenaje que es más que merecido. Todos los que lo conocen lo saben, no es porque sea mi viejo, sino porque ha hecho historia, quizás sin mucha pompa, pero ha hecho patria como él lo repite con orgullo.
A sus casi 70 años, terminó esta semana su carrera de abogado, una meta que siempre se trazó pero que por muchas razones la vino posponiendo, y a pesar de las dolencias que provocan la inclemencia de la edad, siempre estuvo listo a dar lo mejor en la universidad, donde es un tipo famoso.
Ese tesón a nosotros, su familia, nos llena el pecho, nos enorgullece sobremanera saber que ese hombre que padeció todos los sinsabores de la pobreza extrema en su niñez, anduvo con su padre vendiendo cajones de madera en un carretón, ya es todo un profesional.
Cargar con su nombre para mí es un honor inmenso, igual es para mi hermano, que aun siendo hijos de padre y madre y con una década de diferencia, portamos el mismo apelativo, algo que nos ha provocado incontables inconvenientes y también buenos chistes, ese jonrón se lo dejó meter nuestra madre, según ella lo dice ahora con tono de reclamo. Pero igual nuestra hermana, ella nunca se cansa de llenarse el pecho de orgullo por su “Billy Jack”, como le decimos por cariño.
Este nuevo abogado no es uno más del montón, su lucha por la justicia social ha sido más que reconocida, eso nos los transmitió desde niños: ser solidarios con los semejantes, no por caridad sino por justicia.
Recuerdo un regalo navideño que en mi niñez disfrutábamos juntos cuando de repente se acercó a la puerta un niño limpiabotas, lo dejó entrar y me explicó que ese niñito no tenía un obsequio del mismo tipo porque sus padres no podían regalárselo, que siempre les abriera las puertas a las personas desposeídas, que esa era la herencia que nos dejaba, y desde ese momento nunca lo olvidé.
No quiero que parezca un comentario de novela rosa, por el contrario, desde pequeños nos fue orientando acerca de las desigualdades sociales y que jamás habría que ver a nadie por encima del hombro. Viejo: ¡lo hemos cumplido!
La vida le fue dando uno tras otro golpes, quedó sin madre a los nueve años, le tocó duro crecer, pero al final Dios, que todo lo recompensa, lo acercó a una mujer admirable y muy tenaz, y hoy a pesar de sus eternas controversias que se han hecho costumbre después de 46 años de matrimonio, siguen juntos, disfrutando de los frutos cosechados con mucho esfuerzo, trabajo y con mucha honestidad.
Una mujer que aprobó la primaria hace escasos 20 años pero eso no fue impedimento para que diera todo por su familia en un círculo donde las exclusiones sociales varias veces le jugaron malas pasadas.
Ella es ahora la señora del licenciado en Derecho de casi 70 años, el periodista, fotógrafo, administrador público; el antisomocista eterno, iconoclasta, jocoso, controversial, enojón, fanático beisbolero, muy católico, el “ultimo dinosaurio” como él se hace llamar ante sus nietos, y siempre ejemplo. Por eso le dedico estas líneas. Yo quería que todos supieran que es un buen tipo mi viejo!