En busca del justo medio

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En busca del justo medio





Cuando se dio a conocer el primer proyecto de manual para la educación sexual de los estudiantes de primaria y secundaria, bajo la responsabilidad del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD), expresamos en esta misma columna editorial que se había cometido un grave error al no haber tomado en cuenta a los representantes de sectores religiosos y laicos, que reclamaron de manera pública precisamente por esa exclusión y exigieron que el documento mencionado fuera revisado y nuevamente redactado.

En realidad, en todos los temas de interés social en los que deba intervenir el Estado, obligatoriamente se tienen que considerar y tomar en cuenta los intereses, puntos de vista y sentimientos de todos o de la mayoría de los ciudadanos. Y con mucha mayor razón cuando se trata de temas particularmente sensibles y espinosos, como es el caso de la educación sexual de los niños y adolescentes en los centros públicos de educación primaria y secundaria. Es más, en otros países más democráticos que Nicaragua, asuntos como éste se someten al procedimiento de la democracia directa, es decir, a la consulta plebiscitaria o al referendo.

Dijimos en aquella ocasión, y lo reiteramos ahora, que no se debe decidir el contenido y enfoque de la educación sexual que impartirá el Estado a los menores de edad, sólo de acuerdo con el criterio de un sector social, en aquel caso de quienes ponen el énfasis en la prevención de enfermedades de transmisión sexual y embarazos precoces e indeseados, y por lo tanto en la recomendación del uso del condón y los anticonceptivos. Eso hubiera sido, dijimos entonces, como “condonizar” la educación sexual.

Ciertamente, hay otro sector también muy importante de la sociedad, para el cual en el caso de la educación en sexualidad lo fundamental es la abstinencia, y por lo tanto plantean que la atención y los esfuerzos deben centrarse en promover la castidad y la conservación de la virginidad hasta el momento del matrimonio o de la unión conyugal de hecho.

Según nuestra opinión, ya que el Estado se tiene que involucrar en la educación sexual de los menores –lo cual debería ser competencia exclusiva de los padres de familia o de quienes hagan sus veces–, es prudente tomar en cuenta todos los puntos de vista y aunarlos en un esfuerzo común contra la propagación de enfermedades de transmisión sexual y para contener la alta incidencia de embarazos prematuros e indeseados, que se han convertido en problemas de salud pública nacional.

Ahora las autoridades del MECD han dado a conocer una segunda propuesta de manual de educación sexual, pero esta vez son los sectores que predominaron en la redacción del primero los que alegan que sus puntos de vista no fueron tomados en cuenta, y acusan al MECD y específicamente a los redactores del nuevo proyecto de querer imponer una educación en sexualidad confesional, reaccionaria y religiosa.

Ahora bien, de la misma manera que leímos y analizamos el primer proyecto de manual de educación sexual, que fue desechado por parcial y unilateral, hemos examinado también el nuevo documento y consideramos que es mucho mejor que el anterior, sobre todo porque trasciende de la simple y mecánica explicación biológica-científica de la sexualidad, característica del primer proyecto, y la complementa con el ingrediente indispensable de los valores espirituales y principios morales. Y aunque el nuevo proyecto de manual para la educación sexual está sesgado ahora hacia el otro lado, tan sólo es una propuesta de las autoridades del MECD que debe ser sometida a una abierta, franca y democrática participación de todos los sectores interesados en el asunto, y se debe modificar y enriquecer según los aportes que se presenten.

En la educación sexual se deben combinar y conjugar de manera ineludible, los principios espirituales y éticos con los conceptos estrictamente científicos, y las autoridades deben guiarse en este caso por el principio básico de la pedagogía que es precisamente la búsqueda del justo medio; no con el ánimo de quedar bien con todo mundo y al mismo tiempo, porque esto es imposible, sino porque la ecuanimidad, el equilibrio y el consenso son las bases del progreso y de la convivencia pacífica de la sociedad.

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