El que se quede, se queda

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El que se quede, se queda





A juzgar por las informaciones de fuentes oficiales que publicó LA PRENSA en su edición de ayer, las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos (Cafta, por sus siglas en inglés), fueron exitosas para Nicaragua. Inclusive, uno de los negociadores nicaragüenses, Julio Terán, declaró al final de las negociaciones, el miércoles recién pasado, que “logramos más acceso de lo que dimos nosotros… salimos mejor que el resto de países de Centroamérica”.

Y debe ser cierto, pues Costa Rica no firmó el Cafta y, fiel a su tradición aislacionista, anunció por medio de sus portavoces que negociará sus desacuerdos en forma bilateral con Estados Unidos.

Sin duda que los costarricenses tienen sus razones para no hacer un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos junto con los demás países, y ese es su problema. Pero los políticos populistas y activistas sociales izquierdistas de Nicaragua pretendieron que el país adoptara una posición igual a la de Costa Rica, a cuyo presidente Abel Pacheco en una radioemisora sandinista lo presentaron como una especie de nuevo adalid del “anticolonialismo yanqui” en Centroamérica.

Sin embargo hay una gran diferencia entre el desacuerdo con el Cafta por intereses económicos, empresariales y estatales, y el rechazo al TLC por mera fobia política e ideológica debida a esa nueva enfermedad infantil del izquierdismo que es la globalifobia.

Por cierto que los políticos izquierdistas y populistas nicaragüenses que dominan la Asamblea Nacional, o la influyen poderosamente, ya han hecho saber que el Cafta no será ratificado. Inclusive el FSLN y el PLC aprobaron recientemente, en primera instancia, una reforma constitucional que dejaría a merced de ellos la suerte de todos los acuerdos internacionales que pueda y deba establecer Nicaragua.

Pero la verdad es que en la actualidad ningún país pobre o rico de cualquier parte del mundo se puede escapar de la participación en el movimiento global de la economía. Todas las posibilidades de progreso y desarrollo están sujetas a la participación en el comercio internacional y los TLC. Es más, en todas las épocas históricas el comercio fue el motor que impulsó el crecimiento, el desarrollo, el progreso y la prosperidad, y no cabe duda de que sigue siéndolo ahora. Lo cual es lógico, pues la riqueza sólo se produce trabajando, produciendo, comerciando, volviendo a producir, y así interminablemente.

El mismo Carlos Marx, el gran santón de los izquierdistas y populistas de todo el mundo, incluyendo a los de Nicaragua, reconoció (en El Manifiesto Comunista) que “el mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra…” Y se burlaba Marx de quienes se oponían a ese progreso y desarrollo de la humanidad, y trataban inútilmente de impedirlo, y los llamó “sectas reaccionarias que tremolan y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus maestros frente a los nuevos derroteros históricos…”

Ahora bien, estamos claros de que el Cafta y en general los TLC no son la panacea para resolver como por efecto mágico los graves problemas de atraso y pobreza que sufre Nicaragua, precisamente por culpa de los políticos izquierdistas y populistas que viven de la pobreza, que empobrecieron deliberadamente a Nicaragua cuando gobernaron y que quieren para su propio beneficio que el pueblo siga empobrecido.

Pero lo único que puede sacar a Nicaragua del subdesarrollo y la pobreza es el trabajo, la inversión de capital, la ampliación del mercado interno y la participación más activa y audaz en el mercado internacional. Es decir, haciendo todo lo contrario de lo que plantean los representantes de las “sectas reaccionarias” izquierdistas y populistas, que pretenden que el país se quede al margen de los TLC “para mientras alcanza el nivel de los otros países”, y creen que los países trabajadores, ricos y poderosos están obligados a ayudarnos a alcanzar a los que van adelante.

Eso es absurdo. Sería como si en una carrera de maratón el rezagado le pidiera a los que van bastante adelantados, que se detengan a esperarlo para que todos vayan en el mismo lugar. Sin embargo, en lo único que se parecen el libre comercio y la globalización a un maratón, es en que, el que se quede, se queda.

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