Álvaro Lacayo Argüello
Por primera vez en la historia, la elección de un presidente, sin haber precedente, quedó en manos de cinco “togados”, cuyos cargos vitalicios son seleccionados sin mediar sufragio y de cuya actuación no tienen que rendirle cuentas a ninguna autoridad superior. Al ungido en esta coyuntura le ha tocado lidiar con un pueblo de cuatro millones de desempleados, cincuenta millones sin cobertura médica, cuarenta millones de indigentes viviendo en niveles de pobreza extrema (Census Bureau 2002) , escuelas que cierran sus aulas prematuramente por falta de dinero, y además enfrentar a una élite financiera envuelta en el escándalo corporativo más vergonzoso de que se tenga memoria en los anales pecuniarios del Homo sapiens.
A pocos nudos de distancia, en otro ámbito del proscenio de la globalización, la cámara rápida enfoca a un mandatario sin partido, donde fuertes partidas de dinero se van esfumando de las bóvedas bancarias sin dejar rastro, tasas de deserción escolar, alcoholismo, drogadicción y desempleo que rozan el 70 por ciento de la población, y cifras escalofriantes de exclusión social (índice de desarrollo humano 2003, según Naciones Unidas de 121 entre 175 países analizados) que según analistas internacionales son el reflejo de la corrupción del sistema judicial, que sólo fue superado por otra nación, Kenya, en donde a uno de los magistrados de la Suprema le apodaban “El Cajero” .
Este close up de la mundializacion podría corresponder a dos de las llamadas economías emergentes o en vías de desarrollo, sin embargo nada estaría mas lejos de la verdad: el primer retablo es un retrato hablado de la nación mas poderosa del planeta, los Estados Unidos de América, y el perfil que le sigue es el identikit del pueblo más paupérrimo del continente, Nicaragua. La globalización, en su afán ecualizador parece entre otras cosas estar eliminando las fronteras del hambre y la necesidad.
América Latina hoy por hoy es la región más enjaranada del orbe, con un 40 por ciento de su Producto Interno Bruto destinado exclusivamente al servicio de la deuda. En ninguna otra parte del mundo son tan brutalmente marcados los contrastes entre la opulencia y la indigencia extrema, y según la CEPAL , el subcontinente ha vivido seis años perdidos. En Colombia 18 mil matones organizados mantienen secuestrados a 45 millones de colombianos, México pierde millares de empleos en las maquiladoras que son absorbidos por la China Continental y por primera vez las remesas enviadas de los Estados Unidos este año, de 15 mil millones de dólares, desplazarán al turismo que era la segunda fuente de ingreso después del petróleo, Bolivia cautiva en la lucha por el control del gas natural y de la cocaína, y Nicaragua postrada después de un cuarto de siglo de insufrible discurso populista y hueco de sandinismo trasnochado y sus secuaces de turno en el montículo que amasan fortunas inverosímiles, mientras el pueblo literalmente se muere de hambre e inanición.
A nadie le es permitido reinventar su pasado. No cabe duda que internamente, los Estados Unidos ha sido una de las democracias más ejemplares. Fuera de sus fronteras, sin embargo, ha tenido un comportamiento que deja mucho que desear. Es urgente rescatar la obra maestra que nos describió el viajero francés Alexis de Tocqueville en su visita a los Estados Unidos en 1831. La “Democracia en América” sufre hoy su más grave crisis de identidad desde que el presidente Lincoln sellara con su vida la libertad de los esclavos negros. Curiosamente, la egregia nación, donde la democracia vio la luz del día antes de alumbrar la libertad, después de más de un siglo de belicismo feroz parece estar pertrechada formidablemente para la guerra pero lamentablemente desarmada para los tiempos de paz.
Si ya el espacio sideral y los galpones de la humanidad han sido reclamados bajo patente de corso por la gran nación, sería fácil para el presidente Bush y el señor Rumsfeld darse una paseadita por las barriadas del Bronx y Liberty City, o en el Delta del Mississippi, o reflexionar en las abismales diferencias económicas de las dos Corea, la paupérrima, productora de opio en el norte, y la del sur, o echar un vistazo a la esperanza de vida al nacer en Afganistán que no alcanza los 40, o meditar sobre la debacle de Enron, World Com, Tyco, o la transparencia del centro mundial de las finanzas, cuyo símbolo, un pujante toro, se ha visto opacado por denuncias de vínculos de Wall Street con dinero proveniente de los grandes carteles de narcotraficantes, entre los que se destaca el del banco de Nueva York, en el que su vicepresidente se declaró culpable de haber lavado miles de millones de dólares para la mafia rusa; cualquiera de estas coyunturas le haría ver al presidente y a sus asesores que esta nueva batalla se puede ganar sin disparar un solo tiro, y que los tres principales enemigos de la democracia no son ni Corea, ni Irak, ni Al Qaeda, sino que pobreza, pobreza y más pobreza. Se agotaron los esquemas del siglo XX y es urgente ahora hacer realidad las metas del milenio en salud y educación y aplicar los acuerdos de Doha para disminuir los subsidios agrícolas famelizantes.
Don Quijote en su heroico periplo se topó con un circo viajero que llevaba un león enjaulado, y queriendo probar su valor y enseñando su menesterosa cordura exigió abrir la jaula y cuadrósele a la fiera. El animal, por fortuna recién se había devorado un suculento venado y se le antojaba el hidalgo demasiado seco y huesudo, por lo que el melancólico caballero, creyéndose vencedor de la justa al ver que el león no se inmutaba, exclamó ¿leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos? ¡Y a tales horas! Qué diferente sería nuestro siglo XXI si armados de valor y visión histórica los dueños del taurino símbolo de Wall Street, los semidioses de la Tierra, imitaran al armado caballero y encapotaran al toro exclamando: ¿pobrezas a mí? ¿insoportable miseria? ¡Y en estos tiempos!
¡Qué sublime y redentora suele ser la locura! Y qué escarpado el camino cuando se carece de visión y voluntad histórica para realizar el ensueño de la panoplia quijotesca.
El autor es médico.