Diferencias irreconciliables

Eduardo Enrí[email protected]

Muchos matrimonios que termi-nan en divorcio alegan “diferencias irreconciliables”. Uno –o ambos– quieren algo que es incompatible, insoportable, imposible de aceptar para el otro y la vida en pareja se acaba. Con eso parece haberse topado el matrimonio Alemán – Ortega.

Las razones que dan son muchas. Igual que daban muchas razones para el repacto. Pero un punto es irreconciliable: ambos quieren ser Presidente. Imposible. Sólo hay una silla presidencial.

Lo que para Arnoldo Alemán y Daniel Ortega es un divorcio, para la gran mayoría de los nicaragüenses es motivo de celebración. Hasta la posposición de las elecciones municipales, que sería un fuerte golpe al largo proceso de aprendizaje que significa la democracia, parece que ya no va.

Pero el episodio de las elecciones ha servido también para demostrarle a sus propios correligionarios de qué está hecho Daniel Ortega. Nadie duda que con lo divididos que están los liberales, los sandinistas y su Convergencia tenían una excelente oportunidad de arrasar en muchas alcaldías y mantener las de las cabeceras que ganaron en el 2000. Además, no fueron pocos los vicealcaldes sandinistas que renunciaron a sus cargos para optar a la candidatura edilicia el próximo año.

Nada de eso importó a Ortega. Su temor es simple, una victoria arrasadora del Frente en las municipales del 2004 galvanizaría al antisandinismo y dejaría al viejo comandante sin oportunidades en el 2006. Eso pesó más que la oportunidad que tenía su partido de conquistar varias alcaldías.

Alemán no es distinto. Ofrecía la Corte Suprema, el control permanente del Poder Judicial, toda la directiva de la Asamblea Nacional y quién sabe cuántas ventajas más –no hay que olvidar que fue Alemán quien le abrió las puertas de Casa Presidencial a Ortega al bajarle el porcentaje para ganar elecciones al 35 por ciento, y eso siendo Presidente–, qué no le daría ahora que es reo para quedar libre, pero no sólo libre, sino exonerado de toda culpa: que se borrara el lavado, el fraude, todo, para así volver a ser candidato.

Ahí está la diferencia irreconciliable. Que Ortega le cumpla el deseo a Alemán de quedar libre de toda culpa significa que sería su adversario en el 2006 y que, dado el nivel de antagonismo que despierta Ortega, probablemente lo derrotaría. El comandante parece no estar dispuesto a correr riesgos.

Sin embargo hay una diferencia irreconciliable aún más importante. Y no es entre los dos caudillos sino entre ellos y la mayoría de los nicaragüenses. Ellos quieren permanecer en el poder cueste lo que cueste para seguir haciéndolo su botín. Los nicaragüenses quieren vivir en paz y con oportunidades para trabajar y criar a sus hijos. Imposible. Eso ni Ortega ni Alemán lo pueden garantizar, ellos ya la semana pasada demostraron que eso es lo que menos les importa y están dispuestos a sacrificar todo: HIPC, Cafta, institucionalidad, ayuda externa, elecciones, todo, para lograr sus objetivos.

Ellos pudieron poner al país a la orilla del desastre la semana pasada porque a la hora de las elecciones el nicaragüense sale a “votar para que el otro no gane, porque el otro es peor”. Sin embargo, la semana pasada demostró también que ambos caudillos pueden ponerse de acuerdo para su bien y nuestro mal. La semana pasada dejó claro que hay diferencias irreconciliables entre los nicaragüenses y los caudillos. Es hora de divorciarse de ellos.

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