La unidad liberal es una misión imposible

Mario Alfaro Alvarado

El divisionismo es uno de los vicios congénitos del liberalismo. No importa el nombre que asuma como partido. El divisionismo, como el caudillismo, el prebendismo y la tendencia a la dictadura, están siempre presentes en el liberalismo. Ésa es su naturaleza.

El liberalismo, como organización política, es un partido prebendario. Cuando la demanda de prebendas sobrepasa la oferta, es decir que hay menos puestos públicos que los aspirantes a ocuparlos y muchos quedan fuera de la repartición del presupuesto nacional, o cuando el sueldo que les ofrecen no colma sus ambiciones económicas, surge el divisionismo y los descontentos se separan del partido.

Hay quienes afirman, y no sin razón, que la cantidad de los militantes en los partidos prebendarios responde al número de los cargos públicos que el Gobierno puede repartir. Los que quedan fuera del círculo de privilegiados se convierten en opositores, y se aprestan a formar otro partido para negociar posiciones y salarios con la fracción que está en el poder. Priva en ellos la intención de construir un partido moderno, democrático y motivado para servir.

Durante 67 años, hasta la caída de la dictadura somociana, el Partido Liberal gobernó al país en forma continua. De ese período, 59 años los ocuparon las dos dictaduras: la de Zelaya y la de la familia Somoza. Esta larga permanencia en el poder —y no precisamente ejercido con el favor de los votos— ha convencido a los liberales que proclamarse como tales los predestina a gobernar a Nicaragua indefinidamente. “Somoza for ever”, es el lema que define esa aspiración de continuidad y caudillismo.

A los vicios del zelayismo y del somocismo, dictaduras que gobernaron con el respaldo de las armas y la sumisión del Partido Liberal, Arnoldo Alemán, sin ejército y sólo con la complicidad del partido como respaldo, adoptó el soborno para mantener al liberalismo en el poder. Inventó los megasalarios, las megapensiones vitalicias y las megaprebendas y dio cabida en su Gobierno a cuantos demostraron habilidades para aprovecharse del presupuesto y del trabajo de los nicaragüenses.

La situación actual del Partido Liberal es severamente crítica; tanto que se acerca al punto de disolución si no surgen nuevos valores en el liberalismo que sepan negociar una coalición política para evitar la vuelta del totalitarismo al poder. En estas condiciones no valdrá el voto anti-sandinista. Valdrá el voto de los que rechazan a los partidos y a los políticos por considerarlos corruptos.

Quienes hablan de la unidad del liberalismo pretenden desconocer a la opinión pública, que rechaza al arnoldismo por corrupto. La unidad que se ha de buscar, para que tenga éxito y salve a Nicaragua de un retorno al 19 de julio de 1979, es que los liberales que han optado por combatir la corrupción negocien una amplia alianza alrededor de un programa de salvación nacional, que tenga como finalidad la consolidación de la democracia, la honestidad administrativa y la no reelección.

No puede, por otro lado, hacerse alianza con un partido que tiene como único compromiso político sacar de la cárcel al gobernante más corrupto que ha sufrido este país. Allí mismo se delatan en sus intenciones quienes quieren unidad para restablecer la corrupción con el mismo caudillo corrupto. Esto no lo aceptará el pueblo nicaragüense, que ya ha comenzado a palpar lo conveniente que es la transparencia en el manejo de los fondos públicos.

Aunque a algunos no les agradan las encuestas cuando les son desfavorables, ellas reflejan paso a paso la realidad política de Nicaragua. Las últimas encuestas lo dicen clara y terminantemente: el 47 por ciento de los encuestados se declara sin partido. Aún cuando ese porcentaje fuese mayor, la posibilidad de formar un nuevo partido se frustraría, porque los sin partido quieren personas honestas para votar por ellos, quieren programas para transformar al país en lo político, en lo económico y en lo moral.

No es el momento de formular emocionados propósitos de enmienda. El momento es de unidad nacional, de representatividad a través de una verdadera libertad electoral, sin encasillamientos para obligar a los ciudadanos a votar por sólo dos partidos, los mismos de ayer y de anteayer.

El autor es periodista.

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