Inaceptables para muchos

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Inaceptables para muchos





Altos funcionarios del Gobierno de Estados Unidos desde hace algunos meses están hablando de los problemas políticos de Nicaragua con inusitada franqueza, dejando a un lado el cuidadoso lenguaje diplomático que se necesita leer entre líneas para poder entenderlo.

El cambio de lenguaje comenzó en agosto de este año, cuando estuvieron en el país el Subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos Políticos y Militares, de Estados Unidos de Norteamérica, Lincoln Bloomfield, y el Subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Dan Fisk, quienes expresaron con bastante franqueza sus puntos de vista sobre los misiles Sam 7, la crisis de los liberales y el FSLN.

Pero ahora el Secretario de Estado, Colin Powell, y el mismo Dan Fisk, “se llevaron la cerca” como se dice en el lenguaje beisbolístico cuando alguien conecta el mejor batazo posible. En efecto, dichos funcionarios yanquis hicieron declaraciones categóricas contra Arnoldo Alemán, al que consideran culpable —por su desmedida corrupción— de la crisis de los liberales y del debilitamiento de las fuerzas democráticas; y contra los sandinistas, de los que Powell dijo que habían establecido un régimen totalitario que nunca más debería volver a instalarse en Nicaragua, mientras que Fisk señaló que “no son aceptados por su Gobierno”.

Pero es bueno que los funcionarios estadounidenses hablen con esa franqueza, para que así los actores políticos nicaragüenses —del bando que sea— y en general los ciudadanos del país sepan a qué atenerse y qué se puede esperar de las relaciones con Estados Unidos.

A este respecto, en otras ocasiones hemos dicho que es lamentable y penoso que funcionarios de gobiernos extranjeros —sean de Estados Unidos, de Europa o Asia, que cooperan sustanciosamente con Nicaragua—, tengan que venir a decirle a los nicaragüenses lo que deben hacer para fortalecer las instituciones democráticas; el daño que hace al país la corrupción gubernamental y la necesidad de combatirla y erradicarla; el peligro de recaer en la grave enfermedad política, económica, social, cultural y moral de la dictadura y el totalitarismo. Es deplorable y vergonzoso, porque cualquier nicaragüense y sobre todo los políticos democráticos —o que se hacen llamar así— deberían saber todo eso, y no tener necesidad de que nadie de fuera venga a decírselos.

En realidad, no sólo el Gobierno de Estados Unidos por sus preocupaciones de seguridad o por las razones que sean, rechaza la posibilidad de que el FSLN vuelva a establecer —ahora por vía electoral— el régimen que impuso en los años ochenta del siglo recién pasado. También lo rechaza —y esto es lo más importante del asunto— la mayoría del pueblo de Nicaragua, que votó contra el régimen sandinista en febrero de 1990, y posteriormente ha votado dos veces más, en noviembre de 1996 y de 2001, contra la aspiración de dicho partido de volver a controlar todo el poder, pues no se satisface con la parte importante que controla hasta ahora.

También es necesario señalar que no sólo los sectores democráticos, reales o supuestos, de Nicaragua, son culpables por la situación deplorable que en algunos aspectos prevalece actualmente en el país: partidarización de las instituciones, corrupción política, mal aprovechamiento de la cooperación externa, pérdida de confianza de gran parte de la ciudadanía en el valor y las instituciones de la democracia y la libertad, vitalidad del partido totalitario y posibilidad de su regreso al poder por vía electoral, etc.

Los políticos democráticos son culpables en primer lugar de esta situación, porque no supieron administrar el tesoro de la democracia que la historia y el pueblo pusieron bajo su responsabilidad; porque confundieron reconciliación nacional con blandenguería e inclusive con contubernio; porque creyeron que el Estado era un botín y como tal lo manejaron; y porque con esas desviaciones oxigenaron y vitaminaron al partido totalitario, que de otra manera a estas alturas sería una minúscula fuerza más bien simbólica del pasado y de una ideología mundialmente fracasada.

Pero Estados Unidos también tiene culpa en esto, porque después del establecimiento de la democracia en Nicaragua retiró el apoyo a los organismos democráticos que trataban de impulsar y consolidar la educación cívica y libertaria de los ciudadanos, y apoyó en cambio a organismos sandinistas o pro sandinistas. Aunque también hay que señalar que eso ocurrió bajo la administración demócrata del presidente Carter.

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