Esta escritora es experta en pintura y literatura nacional. De su faceta artística se ha hablado mucho, pero esta vez la abordamos sobre el amor, el sexo, el matrimonio y más.
Se define como una mujer de carácter fuerte, bastante segura, firme y trabajadora. Y todo ello se lo debe a su madre, quien conformó su personalidad. Mercedes Gordillo quedó sin padre a los tres años y su mamá hizo también el papel de padre.
Entre sus más preciados recuerdos, cuenta que de niña miraba películas de Disney y al ver que con sus varitas mágicas, las hadas conseguían todo lo que querían, decidió pedirle una al Niño Dios.
“No hay necesidad de pedir nada más”, pensaba la escritora a sus cinco años. Cuando en Navidad recibió la varita mágica, empezó a pedirle muchas cosas, pero lo que pedía no aparecía. La varita acabó partida en dos tantos que Mercedes le pedía cosas, pero le dejó una gran lección: “Me di cuenta de que a veces las ilusiones son falsas, empecé a madurar”, reflexiona ahora.
Las anécdotas de esta escritora son muchas. Una que recuerda con cariño es cuando iba al cine en grupo con sus amigas. “Usábamos calcetines como señal que todavía no éramos muchachas señoritas, sino niñas. Nos íbamos caminando y nos quitábamos los calcetines como a las dos cuadras para que los muchachos creyeran que éramos muchachas de fiestas, enamorados y todo”, dice.
¿Fue muy enamorada?
Sí y no. Me gustaban algunos muchachos, tuve buenos enamorados, pero por una u otra razón no me casaba. Estuve a punto de casarme dos veces.
¿Cómo eran los noviazgos?
Yo entré en una época más moderna comparada con la época de mi mamá. Nos quedábamos viendo y una sabía cuando alguien le había gustado y empezaban las miradas, todo el misterio. Y luego uno quebraba por equis razones. Si el muchacho bailó con otra, si piropeaba a alguien, eso era motivo de quiebra. Yo era muy celosa y los novios que tuve fueron muy celosos también.
¿Qué cualidades le gustaban en los hombres?
Que fueran honestos y guapos. Tenía muchos amigos feos, pero eran amigos. Había unos que nadie quería bailar con ellos por feos. Eso yo lo veía de lo peor, se me salía algo de bondad y decidía bailar con ellos.
¿Tiene algún complejo?
Cuando era niña, hasta cierta parte de mi adolescencia, creí que era bien bruta, por muchas razones muy largas de explicar. Pero eso no me daba complejo. Me dio complejo cuando me dijeron que yo no era tan bruta. No me importaba ser bruta y hasta me curó un médico porque yo estaba segura que era bruta.
¿Cómo fue en la escuela?
Pésima. De lo peor. De lo cual estoy muy contenta. Era muy traviesa, no le tenía tanto miedo a las monjas. Como no estudiaba mucho no era muy bien vista.
¿Cómo define su matrimonio?
Muy estable. Creo que el mejor estado es el de pareja. El matrimonio es lo mejor a pesar de los múltiples defectos; las virtudes, de todo lo que puede haber en una pareja. Cuando cada uno es el apoyo del otro, uno forma un equipo y un equipo es mucho más sólido que una persona sola.
¿Cuál ha sido la mejor parte?
El noviazgo es una maravilla, te casas y uno cree que va al cielo. La luna de miel es alegre, dulce y todo. Luego vienen las realidades de la vida. Y al fin entendemos que somos un complemento.
¿Quién es el primero en ceder?
A veces él, a veces yo. Y es una satisfacción que te hace sentir, aunque sea por un momento, un ser supremo. Es lindo que nosotros mismos reconozcamos los errores que tenemos.
¿Qué opina de las relaciones prematrimoniales?
El recato implica misterio. Llegar al matrimonio después de tener relaciones debe ser muy bello también porque ya se conocen mejor, pero llegar al matrimonio no habiendo tenido relaciones sexuales, es una sorpresa bellísima, un descubrimiento gigantesco. Yo no me opongo al mundo, pero me quedo con el recato, con el misterio del sexo, que es una maravilla.