Joaquín Absalón Pastora
Anduve dando un vistazo a las tumbas en el más poblado de los cementerios de Managua. Y fue imposible evitar las huellas dejadas y el sentimiento prevaleciente puestos en la visión por la concurrencia.
Viendo las sepulturas algunas irradiadas por la personalidad sentimental de los visitantes, se asocia el visitante con la que a él le tiene reservada el destino en acto de juicioso presentimiento.
Ha sido la cíclica vegetación del dolor, la liberación de los protagonistas de levantarse de la morada para oler, para repetir la lectura de los epitafios pintados con sangre de corazón.
Acaba de transcurrir el Día de los Muertos. El reconocimiento a la misericordia definitiva del óbito.
Los que llegan —ternuras de carne y hueso— bienvenidos a este paraje desequilibrado lleno de bellezas y de espantos, de luces y de bruces, horizonte donde cada uno se ve desde que comienzan a brillar los fulgores de la razón.
Los nicaragüenses cada vez que trascienden las efemérides de las defunciones, recuperamos valores morales. Salimos del tedio material por el cual corren minúsculas dosis de sensibilidad.
El quehacer cotidiano por razones de conservar los lienzos para vivir nos exime de comunicarnos con los viajeros radicales que no vuelven. Hacer un castillo habitado por la emoción intangible una vez al año, revierte la rutina flagrante de pensar sólo en uno mismo, yergue una candela sacándola de su posición doblegada, pulveriza las sombras de la negligencia.
Los muertos que cayeron colectivamente sin el bálsamo de ninguna palabra, merecen siempre una oración. Una sola luz a las seis de la tarde en la tumba del ser a quien tanto se quiso lo representa todo, hasta concluir con la contradicción: “los muertos viven”.
Cuando la familia nicaragüense estaba unida, ahora separada por las rastreras circunstancias, solíamos los adoloridos reunirnos alrededor de la tumba de mi padre, don Joaquín Evaristo. Tenía vigencia la retórica de Orión Elpidio enviada por el destino a una lejana fosa canadiense. Lo celebrábamos con brindis, discursos y tríos entre la congoja y la complacencia de “aceptar las cosas como son”.
Estuve en este noviembre frente al mural pintado por Leoncio Sáenz en la cripta de la familia Garzón. En la develización se juntaron los linderos extremos de la armonía, entre la fanfarria terrenal de las trompetas y la mística Ave María, de Schubert, en el cumpleaños de la eterna paz.
Uno de los factores que salva a Nicaragua es la convergencia integral y no aislada de la familia. Ésta se ha desvinculado. Los nicaragüenses residentes en el exterior perseveran en la aspiración de volver, no excluido el deseo de prolongar esa convivencia en la paz de los irreversibles aposentos. Cuando la angustia empuja, “tras el dolor siempre repercute el dolor”.
Han vuelto a quedar solas las necrópolis y ha vuelto también la oficiosa renovación de nutrirlas la próxima vez cuando los epitafios se lean de nuevo o sólo veamos la tumba sin letra.
El autor es periodista.