Ana María Ch. de Holmann
También a ese lugar de la Granja La Esperanza, apartado y silencioso, donde están privadas de libertad alrededor de ciento cincuenta mujeres, han llevado la luz del Evangelio las Hermanas de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta con su mensaje de esperanza, paz, reconciliación y amor. Esta misión la llevan a cabo en visitas periódicas a este centro, y en otros centros carcelarios a donde también llevan el mensaje del Evangelio por medio del padre Amado Peña y su grupo.
El miércoles 15 de octubre un grupo de colaboradoras llevamos un poco de alegría a las reclusas: almuerzo, refrescos, repostería, útiles de aseo, chinelas, ropa, y como sorpresa, un regalo de parte de cuatro estilistas quienes ofrecieron sus servicios y en un momento transformaron la sala en un salón de belleza, cortándole el cabello a casi todas y prometiendo regresar para completar su tarea, la que fue gratis y a domicilio.
Esta experiencia me recordó las visitas innumerables y constantes que le hicimos a mi hermano Pedro Joaquín en las diferentes cárceles de Managua, a Eduardo mi hijo, en las cárceles de La Aviación, y a mi esposo Carlos en la cárcel de San Juan del Sur, a ambos en una ocasión. Todo eso en los tiempos de los tres dictadores Somoza. Cárceles que eran oscuras, estrechas, sucias, malolientes y custodiadas por guardias hoscos y malencarados, como imagen viva de la ambición del poder y la opresión. Este escenario es un contraste con la Granja La Esperanza, amplia, limpia y espaciosa, con un ambiente afable de parte de las responsables, subcomisionada Modesta y la subteniente encargada, quienes son amables, humanitarias y cristianas.
Dentro de estas celdas oscuras de las conciencias es donde la Madre Teresa, por medio de sus Hermanas Misioneras, penetra y lleva la luz de la Palabra de Dios por medio del Evangelio, la que descubre los pensamientos y los sentimientos más ocultos de la mente y del corazón. Esta Palabra es penetrante, eficaz, clara; todo queda al desnudo y al descubierto ante Aquél a quien tenemos que dar cuenta y ante nosotros mismos que somos los peores jueces de nuestra propia conciencia.
Esta Palabra, en el silencio de la soledad, es potente, hace reflexionar, penetrando en la intimidad de nuestras conciencias. Las Hermanas de la Caridad siguen el ejemplo de Madre Teresa, la que “ofrecía hasta sus pecados por el dolor que causan a Jesús los pecados de los demás”. Ellas buscan el camino de cómo facilitar el encuentro de ese perdón en la miseria humana: Dios es la Misericordia eterna
El Buen Padre siempre nos espera para abrazarnos y para perdonarnos. Palabras que confirma Jesús: “Todo poder se me ha dado en el cielo y la tierra. Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado”.
También Jesús les concedió el poder de perdonar los pecados: “Lo que atares en la tierra será atado en el cielo y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo”.
Algunas de estas mujeres reclusas y otros presos en las diferentes cárceles del país son víctimas de las injusticias, de la retardación de justicia o mejor dicho de la falta de justicia que existe en Nicaragua. También muchos carecen de recursos económicos para pagar su defensa en sus casos. La mayoría de estas personas están en prisión por haber caído en la terrible red de las drogas y unas pocas en el crimen, pero cualquiera que sea el motivo de su culpa y la pena que se les haya impuesto, se les induce a dejar el pasado atrás ofreciéndoles la Misericordia de Dios: dejar el porvenir a la Providencia Divina y vivir el momento presente que te ofrece el Señor.
Sin embargo, no solamente estas ciento cincuenta mujeres junto con otros presos del país no son responsables por completo de su culpa; hay momentos en que las dificultades y las necesidades pudieron hacer que ellos, por falta de conocimiento, por falta de un hogar estable, por falta de un ambiente saludable, por falta de educación, y de guía, cayeron en estos delitos. Pero más aún tienen responsabilidad los jueces, los tribunales de conciencia los que absuelven a verdaderos criminales sin medir la gravedad y a veces condenan a otros por un pleito de una gallina, prostituyendo así el sentido de justicia, honestidad, moralidad, y además los valores cívicos y cristianos de nuestra civilización occidental.
De ellos Jesús se expresa duramente: “Pobres de ustedes maestros de la Ley, porque se adueñaron de la llave del conocimiento. No entraron ustedes, ni dejaron entrar a los que querían hacerlo”.
Jesús ofrecía y demandaba justicia y por esto los escribas y fariseos le hostigaban y perseguían. Pero de toda su enseñanza debemos tomar una lección: Estamos en este mundo no para permanecer estáticos en el mismo punto, sino para transformarnos y transformar a todos los que nos rodean, incluyendo, urgentemente, la justicia.
Madre Teresa es luz, fuente de todo lo que evoca vida y verdad, que siendo luz eterna es verdadero amor; ella sigue dando luz en los caminos y sigue siendo faro que alumbra y nos lleva al puerto seguro. Por eso su nombre ha llegado a Dios y en su nombre hoy nosotros seguimos su ejemplo y su misión en la tierra, con el compromiso que hemos contraído: “Demos aliento a los que estén cansados, iluminemos el corazón de las que estén en tinieblas, contagiemos de felicidad a los que estén tristes”.
Pidiéndole siempre a Dios que es nuestra fuerza y firmeza, sabiduría confianza y amor: “¡Ven, sé nuestra Luz!”
La autora es colaboradora de las Obras de Madre Teresa de Calcuta.