Un momento decisivo para las naciones del mundo

Jorge L. Chediek

Hace 58 años, el 24 de octubre de 1945, entró en vigor la Carta de las Naciones Unidas, firmada cuatro meses antes por 51 estados entre los cuales se encontraba Nicaragua. Hoy, la Organización de las Naciones Unidas la integran 191 países, una cobertura casi universal a partir de la incorporación de uno de los estados más antiguos del mundo: Suiza, y del más nuevo: Timor Leste, que son los miembros más recientes.

El primer objetivo de los fundadores fue buscar un mecanismo que evitara futuras guerras; las Naciones Unidas surgieron a partir de la peor catástrofe de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial, ese holocausto que dejó millones de muertos, que indujo a que los países decidieran establecer un sistema de instituciones que permitiera prevenir y resolver por la vía pacífica los conflictos, y promover la cooperación internacional para crear un mundo mejor entre todas las naciones de la tierra. En ese sentido, las Naciones Unidas representan la corporización de los mejores ideales de las grandes religiones y filosofías, las cuales nos hablan de la importancia de los valores éticos comunes y de la igualdad esencial entre todos los pueblos e individuos.

No obstante, a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los sucesos en Afganistán e Irak, que incluso, cobraron la vida de colegas del Sistema (Bagdad, 19 de agosto, 2003), las Naciones Unidas se han colocado en una situación de cuestionamiento crítico que es necesario revertir para relegitimar a esta organización, que como dijera el Papa Juan Pablo II en su discurso ante la Asamblea General el 5 de octubre de 1995, es necesario elevarla a la condición de “centro moral de todas las naciones del mundo”.

Para el Secretario General, Kofi Annan, el momento en que vivimos puede ser tan decisivo como 1945, cuando se fundaron las Naciones Unidas. Así lo expresó en su declaración ante la Asamblea General el pasado 23 de septiembre, en donde propuso a los estados miembros examinar a fondo cuestiones fundamentales de política y hacer los cambios estructurales que sean necesarios para recuperar la confianza perdida. La organización no tiene elección, hay una obligación y una responsabilidad con todos los pueblos del mundo de hacerle frente a las amenazas y desafíos (nuevos o viejos), como la lucha contra el terrorismo, la destrucción de armas de destrucción masiva, y la erradicación de la pobreza.

Pero, como expuso el Secretario General, eso sólo se logrará con una reforma estructural profunda que le devuelva la legitimidad al Consejo de Seguridad, que redefina la función del Consejo Económico y Social, que fortalezca la propia Asamblea General, y que, incluso, aumente la eficacia de la Secretaría. Anunció su intención de crear un grupo de personalidades de alto nivel mundial al que asignará tareas que van desde examinar las actuales amenazas para la paz y la seguridad, hasta analizar el funcionamiento de nuestros principales órganos, y recomendar medidas para fortalecer a las Naciones Unidas mediante la reforma de sus instituciones y procesos.

En este contexto, trabajar por el desarrollo concuerda con la necesidad de hacer del mundo un lugar más seguro; la erradicación de la pobreza debería contribuir a crear ese clima de seguridad. En cierta forma esto lo validaron los jefes de estado y de gobierno de todo el mundo al suscribir la Declaración del Milenio en septiembre del año 2000. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio son claros, precisos, y siempre que exista el compromiso de la comunidad internacional, serán alcanzables. Los ocho objetivos son erradicar la pobreza extrema y el hambre, reduciendo a la mitad el número de personas que ganan menos de un dólar diario; lograr la enseñanza primaria universal; promover la igualdad de los géneros y la autonomía de la mujer; reducir la mortalidad infantil en dos terceras partes para los menores de 5 años; mejorar la salud materna mediante la reducción en tres cuartas partes de la mortalidad materna; combatir el VIH-sida, el paludismo y otras enfermedades; garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, invirtiendo la pérdida de recursos naturales, reduciendo a la mitad el número de personas sin acceso a agua potable y mejorando la vida de cien millones de habitantes que viven en la marginación; y el último, fomentar una asociación mundial para el desarrollo, con acciones que favorezcan a los países pobres en asuntos de comercio internacional, alivio de la deuda, preferencias arancelarias y otros temas.

En Nicaragua el Sistema de las Naciones Unidas a través de sus programas está apoyando a los diferentes actores de la vida nacional a implementar esa agenda global a nivel local, y a promover los ideales y principios que dan vida a nuestra Organización.

El autor es Coordinador Residente del Sistema de las Naciones Unidas en Nicaragua.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí