Freddy Potoy [email protected]
La ampliación de 15 a 25 Estados en la Unión Europea supone desde luego otro desafío, además de los políticos, económicos, culturales, religiosos y de repartición de poder. Este problema es el asunto migratorio.
Desde ahora los especialistas sobre Derecho Internacional y otros investigadores en Europa empiezan a advertir sobre las medidas que se deben tomar para evitar la emigración de los países pobres hacia los ricos en el viejo continente. Para el investigador Richard Sandell, quien publicó un estudio para el Real Instituto Elcano, “el temor a una emigración a gran escala no es infundado si no se crean mecanismos que arbitren soluciones, incluso a corto plazo”.
Según la revista Época, de España, la búsqueda de oportunidades laborales y la ampliación académica son la prioridad de muchos de los nuevos países que ingresarán a la Unión Europea. Países como la República Checa y Hungría, de diez millones de habitantes cada uno, pero sobre todo Polonia, de cerca de 40 y con un PIB per cápita que representa el 40 por ciento de la media de la Unión, pueden convertirse en uno de los principales exportadores de emigrantes hacia el noroeste de Europa.
Los europeos apuestan a que la ampliación de la Unión les generará grandes beneficios tanto a los países más desarrollados como a los menos poderosos.
Sin embargo, hay quienes consideran que las diferencias de riquezas pueden derivar en movimientos migratorios desde los nuevos países integrados hacia la Europa Occidental.
Sobre los debates alrededor de la Constitución europea y todo lo que ésta representa, el profesor de Historia de las Ideas Políticas, Benigno Pendás, expone en el diario ABC que “todo ello exige agilidad máxima y capacidad de reacción, no sólo militar, sino también política y económica”. Pendás describe que con la ampliación de la Unión Europea ahora se dan cita el Norte receloso, como demuestra el “no” de Suecia al euro; el Este liberado, cuya urgencia es dejar atrás el mal sueño totalitario; el Sur amenazado por nuevos y confusos movimientos de pueblos; el Oeste, la Europa Atlántica, sensible por vocación y convicción a la fuerza atractiva de una y otra América con un Nuevo Orden Mundial después del 11 de septiembre.
España, por su parte, el pasado dos de octubre decidió reformar la Ley de Extranjería que tiene de todo un poco, pero con miras a ejercer mejores controles de la gente que entra a esta nación. En este país hay muchos inmigrantes de todas partes del mundo. España es una especie de “cuna” para quienes buscan el “sueño europeo” y no el “sueño americano”.
El pleno del Congreso español aprobó por 254 votos a favor —más del 90 por ciento de la Cámara— 14 en contra y dos abstenciones, el dictamen de la Comisión Constitucional al proyecto de Ley Orgánica de Reforma de la Ley de Extranjería, que entre otras cosas suprime el plazo de cinco años para la regularización por arraigo, regula el internamiento de extranjeros que llegan en balsas, obliga a las compañías de transporte a dar información sobre los pasajeros y los billetes de vuelta no utilizados, y facilita el acceso a los datos del padrón.
En fin, cada país tomará sus medidas pertinentes para disfrutar mejor el “sueño europeo”.