Estamos preparados para la democracia

Edmundo Dávila Castelló[email protected]

El eximio y gran ex primer ministro británico Sir Winston Churchill, era muy conocido por su fino humorismo. A él se le atribuye la siguiente frase: “La democracia es el peor sistema de gobierno que existe … exceptuando a los demás”, observación muy veraz y reveladora, principalmente para aquéllos que creen que la democracia es una panacea, que alivia, cura, y lo resuelve todo: los problemas políticos, sociales culturales y económicos de un país. En Occidente se entiende, adicionalmente, que la democracia debe ser “liberal”, es decir que no bastan las elecciones, sino que posteriormente debe prevalecer el imperio de la ley, la separación de poderes, la salvaguarda las libertades fundamentales del individuo para protegerse de la acción coercitiva de un Estado arbitrario, incapaz o corrupto, etc.

Para países carentes de políticos capacitados e idóneos, recursos naturales y pueblo, parece preferible, mientras no puedan gobernarse a sí mismos, mantenerse provechosamente bajo un “imperio protector” porque su pretendida “soberanía” puede resultar a la postre en aislamiento, miseria y frustración. Casos de países muy pobres en recursos naturales, como el de las Antillas Holandesas, Puerto Rico y Haití en América insular, son ejemplos ilustrativos de ambas modalidades. La democracia en sí no es buena ni mala, pero si las consecuencias son malas es evidente que la democracia no funciona, que simplemente no sirve y demuestra palmariamente que el país no está aún preparado para dicho sistema de gobierno, que requiere de la mayor seriedad, honradez y responsabilidad colectiva.

Si entendemos por democracia en su sentido rígido y etimológico como el Poder del Pueblo, este concepto encierra ciertos peligros ocultos por no ejercerse dicho poder en forma efectiva y ostensible, tal como lo entendieron los antiguos griegos y modernamente los Estados Unidos, paradigma de la democracia, y la mayoría de los países desarrollados europeos. En Nicaragua se cree erróneamente que las elecciones libres y justas constituyen el significado y la síntesis de la democracia, ignorando que después de los comicios hay un largo trajinar.

Como la democracia y el liberalismo preconizan la libertad individual de los ciudadanos de un país, hay algunos honrados y talentosos, así como oportunistas que gozan de tal libertad para hacerse ricos o poderosos a costa del derecho ajeno. En cambio hay otros que disponen abusivamente de su libre albedrío, para ser delincuentes, borrachos, drogadictos, vagos, parásitos sociales etc. y también son completamente libres de no estudiar, de no trabajar y hasta de morirse de hambre por falta de iniciativa personal. En los regímenes socialistas, sean éstos demócratas o científicos, tales desviaciones están casi completamente restringidas, porque se obliga al hombre a estudiar y trabajar “a fortiori” en aras del bienestar de la sociedad y del progreso del país a que pertenece, aunque naturalmente con detrimento de su “ansiada” libertad.

La justicia es esencial y debe imponerse en los países subdesarrollados, so pena de vivir siempre en el atraso, la involución, la pobreza y la dependencia humillante. Una nación debe proteger su amor propio o “autoestima”, tal como se hace a nivel individual, si quiere darse a respetar y a ser reconocida prestigiosamente por las demás.

El progreso y desarrollo colectivos de una nación, están supeditados en gran parte, a la eficiencia, creatividad, originalidad e instinto de superación de los individuos que conforman la sociedad en que viven, permaneciendo siempre, ojo avizor con el gobierno de turno. Gobernantes y gobernados deben cumplir eficientemente con la misión y el destino que como hombres, están obligados en su existencia para poder evolucionar y progresar material y espiritualmente, más en esta era de la globalización en que debemos formar parte de un todo homogéneo y beligerante a nivel mundial.

En Nicaragua, quizás pudiera funcionar, un sistema de comités de barrios, sindicatos y campesinado, para luego pasar a un comité departamental o regional, y finalmente que un representante del mismo, supiera exponer y exigir ante los gobiernos de turno, todas las inquietudes y problemas económicos, sociales y culturales del país. Se requiere, sin duda, de algún mecanismo similar pero efectivo, para incrementar sustancialmente la participación ciudadana.

Cuando transcurran unos tres períodos presidenciales “normales” sin que el gobierno de turno nos resulte un pesado lastre o una intensa carga emocional y deprimente y tengamos que preocuparnos solamente por nuestra superación y bienestar personal, apenas estaremos poniéndonos a la par de la mayoría de nuestros vecinos centroamericanos.

Bien vale la pena demostrar que los nicaragüenses también estamos preparados para la democracia.

El autor es ingeniero civil.

Editorial
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