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Liderazgo empresarial
Casi siempre que se debe eligir a alguien para un cargo de responsabilidad, como ayer al nuevo presidente del Cosep, se dice que todos los candidatos son buenos. Pero también, como regla general se agrega la frase: “Que gane el mejor”.
La verdad es que siempre hay alguno mejor que los otros, así como siempre existe uno peor, pues la sociedad está compuesta por individuos con diferencias intrínsecas e inevitables. Y precisamente por medio de la competencia entre personas diferentes es que evoluciona la organización social, de manera que pretender igualar las aptitudes y conductas de los individuos conduce al gravísimo error de la generalización, en la que la humanidad se desnaturaliza, como ha ocurrido en las sociedades totalitarias.
Está comprobado por las ciencias y las experiencias sociales que cada persona se desempeña de conformidad con su propia estructura interna determinada por sus aptitudes, vocaciones, valores y principios. Así, en el caso de los empresarios los hay emprendedores, competitivos, innovadores, éticos e independientes, pero también existen los pusilánimes que esperan que alguien de afuera les resuelva sus problemas.
En las circunstancias actuales de Nicaragua y el mundo, dominadas por los procesos de globalización, no es cualquier persona la que debe dirigir las organizaciones empresariales ni es cualquier tipo de empresario el que necesita la sociedad.
Ante todo, el liderazgo empresarial debe dejar de meterse como por oficio en los asuntos de los políticos, y de posar para los medios motivado por el “síndrome del figureo”. Su obligación es concentrarse en defender los intereses gremiales del empresariado y promover la creación de una auténtica cultura de competencia, emprendimiento e innovación. Y sólo cuando las circunstancias lo ameriten y la sociedad necesite conocer la opinión del empresariado es que debe pronunciarse sobre otros asuntos.
Como consecuencia de la revolución de orientación socialista que hubo en Nicaragua de 1979 a 1990, la sociedad quedó impregnada de una mórbida mentalidad socializante que demoniza al mercado y la competencia y enerva la iniciativa de empresarios y trabajadores. Y mientras persista esa mentalidad retrógrada el país no podrá desarrollarse, a pesar de la cuantiosa cooperación internacional que recibe y por muchos TLC en los que participe.
Por su parte los políticos democráticos se han acomodado a la situación y prefieren lucrarse con la corrupción o medrar al amparo del Estado, en vez de correr el riesgo necesario de construir una nueva Nicaragua capitalista, productiva, emprendedora, creadora de riquezas y de empleos, que es imperiosamente necesaria para poder erradicar la pobreza y construir una vida digna y decorosa para todos los nicaragüenses.
La verdad es que sólo la dinámica empresarial puede movilizar el potencial productivo del país y fomentar el progreso social. La capacidad de innovación y la conducta emprendedora son factores indispensables para que la sociedad pueda afrontar airosamente los desafíos de la globalización. La sociedad sólo puede avanzar de manera rápida y sostenible si los empresarios y los trabajadores son capaces de aprovechar cada oportunidad.
Los empresarios deben saber percibir las oportunidades, asumir los riesgos, diseñar rubros diferentes de producción, abrir nuevos mercados y, sobre todo, crear la mayor cantidad posible de empleos. Al respecto se dice que no es por casualidad que los alemanes —caracterizados por su disciplina y eficiencia laboral—, para referirse al empresario usan la palabra Arbeitgeber, que significa algo así como “dador de trabajo”. Lo que indica la verdad elemental de que sin empresarios que den trabajo no existe el empleo productivo.
Por supuesto que nada o muy poco pueden hacer los empresarios emprendedores y progresistas, si faltan las condiciones jurídicas y políticas apropiadas para invertir, trabajar, producir, crear riqueza y generar empleos. Y corresponde a los gobernantes y los dirigentes políticos crear esas condiciones, o sea, facilitar a los empresarios el acceso a los recursos, orientar las cargas impositivas a la necesidad de estimular el surgimiento de nuevas fuentes de empleo y liberar de obstáculos burocráticos las gestiones económicas. Dicho con otras palabras: vigencia irrestricta del Estado de Derecho y funcionamiento transparente de las instituciones democráticas.
La procuración de esas condiciones es la verdadera política en la que el liderazgo empresarial debe involucrarse, no en los mezquinos pleitos partidistas que degradan a la persona y dañan a la nación.