Plan de Nación y nueva ética

José Antonio Peraza Collado

La propuesta del Presidente Bolaños sobre un Plan de Nación a veinticinco años despierta la esperanza de que los nicaragüenses podamos adoptar ciertas ideas básicas para iniciar un proceso que transforme todos los estamentos sociales y económicos. Se ha dicho que para que esto sea realidad, es necesario que en los próximos 25 años el PIB aumente en seis por ciento, que las exportaciones aumenten en un quince por ciento, que las inversiones privadas aumenten en un 17 por ciento y las inversiones públicas en un diez por ciento cada año.

Estos indicadores a alcanzar son sólo una pequeña muestra de las complejidades que tendrá que enfrentar Nicaragua para promover su desarrollo. La vieja discusión sobre cuáles son acciones que generan un cambio de paradigma en los pueblos para fomentar el desarrollo económico y espiritual siguen vigentes; ya Marx había develado cómo el cambio y desarrollo de las fuerzas productivas produce generalmente un cambio en la forma de pensar de los hombres y Max Weber descubrió cómo los significados subjetivos de las acciones de los hombres influyen directamente en sus vidas y en las de sus pueblos.

Este carácter dual de la sociedad en términos de realidad objetiva y significados subjetivos es lo que constituye su realidad sui generis. Estas dos concepciones de cómo opera el cambio social y económico han estado presentes en las luchas políticas, económicas e ideológicas del siglo XX, pero pese a las diferencias, no son contradictorias sino complementarias.

La tesis de que sólo después de un cambio en las condiciones productivas y sociales de Nicaragua puede iniciarse un proceso de transformación, es aceptar la idea de que las condiciones económicas actuales son invariables hasta que hayamos alcanzado condiciones favorables para insertarnos internacionalmente. Los que piensan así, recomiendan mantenernos fuera del Plan Puebla Panamá y esperar hasta que Nicaragua esté preparada entrar en el Cafta. En síntesis, oponerse a toda iniciativa que nos vincule a los países desarrollados hasta haber logrado las condiciones para hacerlo. Suponiendo que fuese correcta esta aseveración, está Nicaragua preparada para tomar esta senda, si se toma en cuenta que a nivel internacional no definimos ninguna agenda por nuestra gran dependencia financiera.

Parece más inteligente echar mano de nuestra rica subjetividad e iniciar un proceso que la traduzca en realidades: ¿Cómo hacemos para que las ideas y la actividad de los nicaragüenses se traduzcan en mundo de cosas palpables? Creyendo que somos capaces de inventar nuestras propias realidades. Por lo tanto, no se puede seguir fomentando valores tradicionales arraigados, donde es malo ganar más dinero, pero si es aceptado vivir pura y simplemente como siempre se ha vivido ganando lo necesario para sobrevivir.

Se tiene que transformar esta visión pre-capitalista y sustituirla por un nuevo “leiv motiv” que no puede ser construido aumentando o disminuyendo trabajo, que no es producto de creencias en el desarrollo y en la economía de mercado de parte de las élites o del pueblo, aunque contribuye. Esta nueva visión debe ser producto de un largo y continuo proceso educativo bien orientado donde el desarrollo económico esté vinculado a la educación y al desarrollo tecnológico de punta. Lo más importante no es cuánto se trabaja sino como.

Igualmente, es fundamental incluir en la oferta educativa una nueva ética, un nuevo espíritu que destaque los derechos, pero fundamentalmente que privilegie los deberes de los ciudadanos. Que traduzca de forma moderna y didáctica algunas de las motivaciones morales del sabio escocés Adam Smith, como son: la conmiseración, el deseo de ser libre, el deseo de poseer, el amor al trabajo y la búsqueda del intercambio permanente de una cosa por otra entre las personas.

Si el Plan de Nación que presentara el Presidente la República motiva una discusión sobre todos nuestros grandes errores y contribuye a proponer una senda para superarlos ya habrá cumplido con su cometido. Sin embargo, es importante tener presente las experiencias de otros pueblos. Para los que piensan que solo los cambios desde abajo (especialmente, violentos) pueden transformar a las naciones, es importante recordarles la restauración Meiji (iluminada) de Japón que no restauró nada sino lo revolucionó todo sin violencia. De igual manera, para los que piensan que las transformaciones sólo pueden venir desde arriba, debemos recordarles que esta misma transformación fue conducida por una minúscula élite altamente educada. En otras palabras, cualesquiera de las rutas que escojamos para re-fundar la nación no será fácil y requerirá de toda nuestra creatividad y esfuerzo.

El autor es jurista.

Editorial
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