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Nadie puede dedicarse de lleno a elaborar un producto comercial, si no tiene quién se lo compre. Por eso es incomprensible que alguien se oponga de forma rotunda a los Tratados de Libre Comercio, porque con éstos los países pequeños consiguen la ventaja de entrar a mercados grandes.
Discrepar de las formas de negociación es comprensible y necesario, pero estar contra todo lo que huela a TLC es como cerrarle las puertas de golpe a los compradores que se acercan a nuestra pulpería y que, por supuesto, nos dirán qué quieren comprar y en qué condiciones.
Una buena parte de la población nicaragüense tendrá que cultivar o elaborar nuevas mercancías de exportación y eso afectará a miles de personas, ya sea porque perderán el empleo y buscarán otro, aprenderán nuevas destrezas o intentarán convertirse en microempresarios.
Algo parecido ocurrió cuando el algodón dejó de ser rentable, a principios de la década de los 80 y grandes extensiones de tierra del occidente del país quedaron en un virtual abandono, igual que miles de trabajadores en el desempleo.
El otro trauma con los productos de exportación tradicionales sucedió en el año 2000 cuando cayeron los precios del café y la desocupación y el hambre invadieron la región norte nicaragüense.
En ninguna de las dos circunstancias tuvo el país la opción de un TLC con una nación tan poblada y consumista como Estados Unidos, pero aún así tuvo que diversificar su agricultura, por la fuerza del mercado mundial. Así ganaron fuerza cultivos como la soya, el maní y otros no tradicionales.
La globalización de la economía trae consigo una “destrucción creadora”, afirma en su último libro el economista español Juan José Toribio. “Genera incertidumbre, vértigo social y, en ocasiones, considerable resistencia al cambio”.
Un sociólogo nicaragüense decía la semana pasada que se opone a la negociación del tratado comercial entre Centroamérica y Estados Unidos, porque sólo beneficia a los ricos. Señaló como ejemplo las ventajas para los productos pesqueros, sugiriendo que con este negocio sólo ganarán las grandes empresas.
Yo lo veo diferente. Al crecer la industria pesquera nicaragüense, por tener acceso libre al mercado de Estados Unidos, requerirá más personal en las plantas procesadoras y más pescadores artesanales venderían productos a las empresas exportadoras.
Toribio, quien dirige la escuela de negocios IESE en Madrid, dice que es cierto que con la globalización los ricos son cada vez más ricos, pero niega que los pobres se vuelvan cada vez más pobres. Al contrario, los pobres tienden a ser cada vez menos pobres, aunque sigan distantes de los ricos.
Es obvio también que la falta de desarrollo en diferentes países se debe más a la gestión de políticos corruptos, antes que a la apropiación de sus riquezas por los ricos.
Si Nicaragua ya tiene un plan productivo, requiere un mercado amplio para colocar distintos productos de forma constante. Con esa apertura conseguirá, además, tecnología.