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Plan y transición democrática
El obstáculo principal al Plan Nacional de Desarrollo que propuso el presidente Enrique Bolaños el viernes 12 de septiembre, es la falta de entendimiento entre los políticos nicaragüenses, que además y para peor tienen una excesiva influencia en los poderes públicos y la sociedad civil, cuyo apoyo es indispensable para ejecutar dicho programa.
En realidad, conseguir el progreso y el desarrollo, estimular la producción y la creación de riqueza para a la vez crear más empleos y sacar a la gente de la pobreza, es como una carreta de bueyes en la que todos debemos halar al unísono, o no se avanza y se pierde la iniciativa.
Ahora bien, en la porfiada división de la sociedad nicaragüense influyen poderosamente factores objetivos –como las características de nuestra transición del totalitarismo a la democracia–, y subjetivos, cuales son los consabidos defectos de la cultura política nacional.
En cuanto a lo primero, como hemos dicho en otras ocasiones, en el mundo contemporáneo se han dado tres tipos fundamentales de transición de las dictaduras de izquierda o derecha, a la libertad y la democracia.
Una es la transición conquistada, que se produjo en aquellos países donde se desplomaron los regímenes totalitarios o autoritarios ante el empuje de las fuerzas democráticas. Otra es la transición pactada, donde nadie ganó la lucha entre el totalitarismo y democracia, de manera que los actores políticos tuvieron que pactar de hecho o de derecho, conservando sus principales posiciones de poder. Y la tercera es la transición concedida, que se ha dado en los países donde el régimen totalitario o autoritario se agotó, pero como no había una fuerza democrática capaz de sustituirlo, el liderazgo del régimen optó por impulsar él mismo el proceso de cambios de la transición a la democracia.
La transición de Nicaragua es del segundo tipo, obviamente, o sea que es una transición pactada, debido a que ni los sandinistas ni los contras pudieron ganar la guerra que libraron entre ellos, de manera que el régimen totalitario tuvo que ser derrotado cívicamente, en las urnas electorales, pero bajo las leyes, reglas y condiciones –avaladas internacionalmente– que impuso el régimen sandinista.
De allí es que se deriva la particular complejidad de la transición democrática en Nicaragua, con los acuerdos y pactos de los políticos de ambos bandos para repartirse esferas de poder, y la partidización de las instituciones estatales, lo que actúa como freno y factor de distorsión de los cambios económicos, sociales, políticos y culturales que se necesitan para sacar al país del estado deplorable en que lo dejaron las dictaduras y las guerras.
Pero en la situación de agobiantes dificultades, injusticias notorias, fastidiosa lentitud y estancamiento del proceso de democratización de Nicaragua, tiene que ver mucho también la pobreza intelectual y ética de la clase política democrática del país, que no ha sabido administrar con inteligencia, firmeza, eficiencia e integridad la democracia que la mayoría de los nicaragüenses puso en sus manos el 25 de abril de 1990, cuando se terminó oficialmente el régimen totalitario.
En realidad aquí ni siquiera se han podido sentar las bases de un acuerdo nacional basado en el reconocimiento resignado de que demócratas y sandinistas están ineluctablemente condenados a convivir o coexistir en el mismo país. Un acuerdo como, por ejemplo, el Pacto de la Moncloa de 1973 en España, mediante el cual todas las fuerzas políticas significativas, desde los franquistas hasta los comunistas, se pusieron de acuerdo en trabajar conjuntamente en construir la democracia, cultivar la libertad, y crear una nueva España desarrollada, próspera, europea.
Pero los políticos españoles lograron ese acuerdo de transición que ha funcionado durante 30 años, no sólo porque tenían y tienen mucha más inteligencia y talento que los políticos nicaragüenses, sino también y sobre todo porque eran honrados, porque no hubo piñatas, porque su propósito y misión eran transformar democráticamente y desarrollar el país, no alcanzar cuotas y puestos de poder para enriquecerse a expensas del erario y del trabajo ajeno.
Eso, nada más que eso, es lo que hace falta en Nicaragua para que un plan como el que propone el presidente Bolaños funcione y dé los frutos benéficos que necesita a gritos el pueblo nicaragüense.