Todavía circula el cuento de que hace algunos años el profesor de Harvard, Michael Porter, les dijo a los empresarios pinoleros que se alistaran, que modernizaran sus empresas si es que realmente querían competir y seguir siendo los dueños de las mismas. De lo contrario, añadió, terminarían trabajando como asalariados de las empresas extranjeras que les iban a comprar sus chunches viejos o simplemente los iban a sacar del mundo de los negocios. Dicen que ante la dureza de estas palabras, muchos de nuestros empresarios, lo que hicieron fue reírse. No le creyeron al gringo, pero… los años pasan y la famosa globalización, vía Tratado de Libre Comercio con los EE.UU. (CAFTA como les gusta a ellos que lo llamemos «por sus siglas en inglés») ya está aquí, ya llegó.
Y no es que los gringos sean enemigos de la humanidad ni nada por el estilo, sino que así es la vida comercial. En la vida real se compran aquellos productos que tengan la mejor combinación de calidad y precio. Los otros productos, al suave o de un solo pencazo, salen del mercado igual que sus productores. ¿Quién va a comprar un abanico en 500 pesos si puede comprar uno igual en 250, ah? Todo consumidor, en su sano juicio, lo que quiere es recibir más por cada córdoba que paga. Así de sencillo y así de cotidiano.
Sin embargo, la contrapartida del consumidor (en este caso los productores pinoleros) no ha estado acostumbrada a la competencia. Más bien, nuestros productores —con sus raras excepciones— han estado acostumbrados a quejarse del gobierno y al mismo tiempo a pedirle beneficios, exenciones, protecciones y, sobre todo, al negocio veloz, fácil y al gasto de las utilidades en bienes suntuarios (el mejor carro, la vacación en Europa o en Las Vegas, el mejor whisky, la mejor ropa). ¿La modernización o diversificación de la empresa? ¿La inversión en investigación y desarrollo? ¿La mejora continúa? No, hombre. Esas son chochadas. Mi algodón, mi café, mi ganado, mi azúcar, mi arroz son eternos.
Pero el tiempo siguió y vino más y más modernidad. Vinieron otros países que invirtieron en la gente, en ciencia y tecnología, en productividad… y se pasó llevando nuestros productos mientras nosotros jugábamos con pompas de jabón. Y las pompas de jabón son bonitas pero se revientan ahí nomás.
Y, damas y caballeros, con el TLC nos llegó la hora. O nos enseriamos y modernizamos el Estado en su conjunto (vale decir al gobierno y a la sociedad productiva) o vayamos echándole el ojo a los mejores semáforos porque —a menos que usted sea de los privilegiados que «ama a la Patria» pero tiene su plata en los países desarrollados— ahí es donde vamos a terminar. Así que, ¡a ponernos las pilas! Ni Moscú ni Nueva York creen en lágrimas.