Cafta: no hay alternativa

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Cafta: no hay alternativa





Como se esperaba, han sido muy difíciles las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos (Cafta), que se están celebrando en Nicaragua.

Y es lógico que así sea porque el Cafta no es un recurso de beneficencia de Estados Unidos hacia Centroamérica, sino un instrumento para el desarrollo del comercio internacional en el que cada una de las partes quiere obtener los mejores beneficios.

Es comprensible que al ser Estados Unidos el país socio más poderoso, sus proyectos de libre comercio en América Latina despierten temores. Pero también políticos y sindicalistas estadounidenses ponen reparos a los TLC, por sus efectos sobre las fuentes de trabajo y porque se consideran amenazados por la mano de obra barata de nuestros países. Y por eso hasta financian de manera directa o indirecta los movimientos de protesta que provocan disturbios en los lugares donde se hacen las reuniones sobre los tratados de libre comercio.

Por su parte los países centroamericanos tienen razón en tratar de arrancarle las mejores condiciones comerciales a Estados Unidos, que ostenta un superávit permanente con la región gracias a la mayor competitividad de sus exportaciones, y el cual podría aumentar si se reducen las barreras aduaneras de Centroamérica. Es cierto que la liberalización comercial permitiría también aumentar las ventas centroamericanas en los mercados de Estados Unidos, pero dado que las limitaciones a las importaciones estadounidenses son relativamente pocas, las posibles mejoras comerciales para nosotros podrían no ser tan importantes.

En las negociaciones del Cafta en Managua se ha confirmado que las barreras estadounidenses a la importación de productos agrícolas centroamericanos son un foco de graves tensiones comerciales, pues impiden el acceso al mercado norteamericano de diversos productos agrícolas nuestros que son muy competitivos. Los subsidios masivos a los agricultores norteamericanos distorsionan los mercados en perjuicio de los productores latinoamericanos en general, y centroamericanos en particular. Y esta situación empeoró desde el año pasado cuando el Congreso estadounidense aprobó la nueva ley agraria que aumentó los subsidios en más de 70,000 millones de dólares, a lo largo de diez años.

De manera que, en estas condiciones, el planteamiento del libre comercio resulta vulnerable porque las reformas liberadoras del mercado no han ido lo bastante lejos ni tan a fondo como para traer prosperidad a más cantidad de personas en los países socios de Estados Unidos.

Sin embargo, el mayor problema es que para nosotros no hay alternativa a los tratados de libre comercio, y en el caso más inmediato, al Cafta. De modo que lo que hay que hacer es negociar las bases del tratado de la mejor manera posible, en cerrada defensa de los intereses nacionales y regionales, lo que al parecer ha hecho muy bien la delegación nicaragüense según lo reconocen los demás representantes centroamericanos.

Pero tampoco basta con oponerse simplemente a la política de subsidios masivos de Estados Unidos a sus productores agropecuarios; ni es suficiente defender bien las posiciones nicaragüenses y centroamericanas en las negociaciones de los TLC y particularmente del Cafta.

En estos tratados se participa o se participa, no hay alternativa. De manera que lo más importante para insertarse en los acuerdos de libre comercio en las mejores condiciones posibles es que potenciemos nuestros propios recursos y capacidades, que produzcamos lo que mejor sabemos hacer pero que tenga demanda en los mercados externos y ante todo en el estadounidense. De una vez por todas nuestros productores, comerciantes y trabajadores deben entender que en el mercado internacional sólo se puede vender lo que los compradores quieren comprar, no lo que nosotros queremos vender y que nos compren.

Nicaragua podría acoger la propuesta de los enemigos del libre comercio y de la modernización de las relaciones económicas internacionales, de abstenerse de participar en los TLC y en el Cafta específicamente. Pero eso no resolvería en nada la precaria situación socio-económica del país. Más bien la empeoraría, pues nos quedaríamos impotentes y ociosos a la vera del camino viendo pasar el progreso y consumiéndonos en la pobreza extrema y el atraso material, mientras los países vecinos seguirían progresando como ya lo hicieron cuando nosotros jugábamos a hacer revoluciones y a convertir los conflictos políticos en contiendas armadas.

Editorial
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