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La varita mágica
Es muy significativa la información que proporcionó la encuesta que se hizo recientemente en nueve países de América Latina, acerca de que si los ciudadanos tuvieran una varita mágica para eliminar la corrupción, cuál institución eliminarían.
La encuesta fue mundial, a cargo de Barómetro Global de la Corrupción, a pedido de Transparencia Internacional, y la consulta en Latinoamérica la realizó la prestigiada Gallup Internacional. Y como informamos en nuestra edición de ayer, el 30.3 por ciento de los latinoamericanos encuestados dijo que para erradicar la corrupción eliminaría a los partidos políticos, en tanto que el promedio mundial que respondió igual fue de 29.7 por ciento.
Lamentablemente la encuesta no incluyó a Nicaragua, donde el desprestigio de los partidos políticos podría ser mucho mayor porque aquí la mayor parte de los dirigentes políticos practican descaradamente la corrupción, y no sólo la de malversar fondos públicos sino también en su comportamiento personal. Ellos se olvidaron desde hace tiempo del recato, y hasta del cínico consejo que el ex dictador Anastasio Somoza García dio a uno de sus ministros cuando se hizo construir una fastuosa residencia, de que “cuando se come gallina robada al menos hay que ocultar las plumas”.
Por otro lado, la pregunta de la varita mágica que se hizo en nueve países latinoamericanos se refirió a instituciones, y por eso la respuesta afectó directamente a los partidos políticos que jurídicamente son instituciones de derecho público. Pero hay que recordar que las instituciones no son las corruptas ni las que delinquen, sino las personas que las dirigen. Las instituciones son sólo una ficción jurídica; las que existen y funcionan son las personas físicas, naturales, y a éstas es que debe apuntar el dedo de la condena pública cuando delinquen, o el aplauso de la ciudadanía cuando hacen algo correcto y beneficioso.
En realidad, la pregunta debería ser sobre qué funcionarios y líderes (policiales, judiciales, electorales, de servicios públicos, del Ejecutivo y de los partidos políticos), considera el ciudadano que son los más corruptos y los haría desaparecer si pudiera tener una varita mágica.
Pero las personas que ejercen los cargos de dirección en las instituciones, y particularmente los dirigentes políticos, no están interesados en aprender de las lecciones que les imparten los ciudadanos por medio de las encuestas, cuyos datos los políticos y los gobernantes sólo reconocen como veraces cuando los favorecen, pero jamás cuando les son adversos.
Además, aunque cada líder político es culpable de su propio desprestigio y del descrédito que sufren los partidos que dirigen, también los ciudadanos que los siguen, los apoyan y votan por ellos, tienen un alto grado de responsabilidad y de culpa por la mala fama y por la escasa credibilidad de los partidos políticos.
En efecto, la democracia es un sistema de gobierno y de vida política que tiene en sí misma los recursos para depurarse, autocorregirse y perfeccionarse. Donde hay elecciones libres —o sea que funciona la democracia— los ciudadanos tienen la facultad y la posibilidad real de cambiar a sus dirigentes políticos si éstos no se comportan apropiadamente, si incumplen sus promesas, si actúan de manera deshonesta y se roban los recursos de la nación.
Pero —al menos en Nicaragua, que es lo que más nos interesa— no lo hacen. Los políticos que gobernaron el país durante un período se robaron hasta las computadoras de las oficinas, pero sus seguidores vuelven a votar masivamente por ellos. Un cacique partidista condujo al país al peor desastre de su historia e incluso fue acusado de abusos sexuales por su propia hijastra, pero sus partidarios lo siguen aclamando como si fuera un héroe de las epopeyas griegas.
Sin embargo los partidos son indispensables para que funcione la democracia, de manera que no es eliminándolos que se podría resolver el problema. Lo que hay que hacer es rescatar a los partidos políticos, convertirlos en herramientas democráticas reales, fortalecerlos y someterlos al control permanente de una ciudadanía consciente, comprometida y activa en su participación pública.
Y para eso los miembros y simpatizantes de los partidos deben limpiarlos de los dirigentes corruptos e ineptos. De otra manera es imposible rescatar a los partidos del fango de desprestigio en que se encuentran.