“Progresistas” opuestos al progreso

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“Progresistas” opuestos al progreso





En Alemania se cuenta una historia ocurrida a mediados del siglo XVIII, en una villa de provincia cuya población se rebeló contra la autoridad del burgomaestre (alcalde) cuando éste dispuso instalar un alumbrado público, mediante lámparas de aceite que colgarían de postes previamente sembrados en las esquinas. Según los indignados villanos, no se debía permitir el alumbrado porque la luz artificial espantaría a los caballos que halaban los coches durante la noche.

Historia o leyenda, en esta anécdota se manifiesta la naturaleza dual del ser humano, que necesita y promueve el cambio, lo nuevo, el progreso, pero al mismo tiempo teme modificar las circunstancias en que vive y se opone al desarrollo porque en todo lo novedoso ve perjuicios, aunque en realidad sea para su mismo beneficio

Ahora, en Nicaragua, abundan o al menos tienen mucha influencia social quienes se oponen a cualquier esfuerzo de superación y desarrollo, sobre todo cuando se trata de impulsar nuevos negocios que crean más empleos y producen la riqueza que mucho necesita el país.

Unos por ignorancia pero los más por ideología y profesión, se oponen, por ejemplo, a la instalación de las antenas que son indispensables para desarrollar las comunicaciones telefónicas y audiovisuales; condenan a quienes invierten en proyectos turísticos en los cayos, lagunas y otros sitios de potencial turístico; maldicen a los que arriesgan su dinero para crear negocios que ciertamente son de lucro particular pero que crean empleos directos e indirectos y generan riqueza en beneficio de toda la población.

Con esas actitudes reaccionarias —encubiertas con el eufemismo de conservacionistas y que lamentablemente encuentran gran eco en muchos medios de comunicación social— no hay manera de salir del atraso y la pobreza. Y peor es la situación si se agrega la insensatez, la codicia y la corrupción de los políticos que hacen de la función pública un medio de provecho personal y del Estado un botín; que partidarizan las instituciones y rompen los delicados tejidos de la moral pública, la seguridad jurídica y el clima de confianza empresarial y laboral.

Estamos claros de que los inversionistas que, por ejemplo, construyen un centro turístico en la laguna de Apoyo o en las isletas de Granada, tienen que cumplir determinados requisitos de factibilidad ambiental establecidos en la ley y vigilados por las autoridades correspondientes. Y los empresarios que mandan a instalar las antenas para expandir la comunicación telefónica y televisual deben asegurarse de que no causarán perjuicios a los vecinos. El desarrollo del turismo, de las comunicaciones, de la industria tradicional y de la nueva agricultura, tiene que conciliarse con el medio ambiente y fomentar una mejor calidad de vida. Estados Unidos, Europa y los países asiáticos que alcanzaron altos niveles de prosperidad, lo lograron porque su gente no tuvo miedo a los cambios ni fue reacia al trabajo; y demuestran que el desarrollo se puede lograr en armonía con la naturaleza, sin perjudicar el medio ambiente y más bien protegiéndolo de manera deliberada.

Eso es lo que en el lenguaje socioeconómico contemporáneo se llama “el desarrollo sustentable”, un concepto de gran amplitud que comprende el múltiple esfuerzo por alcanzar un equilibrado crecimiento de la riqueza y el bienestar de sociedad, en un marco de estabilidad política, equidad en la distribución de la riqueza producida y preservación de los recursos naturales.

La búsqueda de esa sustentabilidad es una obligación imperiosa de la gente y la sociedad, que debe basarse en la propia conciencia pero además estar establecida en las leyes que funcionarios públicos honestos hagan cumplir apropiadamente. Lo cual es muy diferente a la actitud retrógrada de quienes se oponen por oficio a todo progreso y sabotean con sus campañas propagandísticas las inversiones de nicaragüenses y extranjeros.

Paradójicamente, esas personas enemigas del cambio y el desarrollo se dicen a sí mismas revolucionarias, pero en realidad son reaccionarias. Y la verdad es que siempre han existido tales individuos que denigran el trabajo y sabotean las inversiones de quienes quieren hacer negocios para su propio beneficio, pero también para provecho de toda la sociedad.

Y siempre han sido tan nefastos que el mismo Carlos Marx a mediados del siglo XIX los llamó con desprecio “socialistas reaccionarios” o “socialistas de zurrón”.

Editorial
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