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Miguel Larreynaga, sabio y patriota

Jorge Eduardo [email protected]

Con su frialdad neoclásica típica del siglo XVIII, Miguel Larreynaga —jurisconsulto, literato u hombre de ciencias— proyecta en la historia la imagen de un sabio; por más que se destaque cualquiera de los aspectos de su personalidad, quedará con el común denominador de la sabiduría, ya que siempre se dedicó a conformar y nutrir su inteligencia. Dos testimonios —uno coetáneo y otro muy posterior— ejemplifican este carácter esencial: “Su hogar —escribe V. Rodríguez— fue el asiento de la sabiduría, donde no imperó la tiranía, ni penetró la revolución ni le turbó la anarquía”.

De esta frase se desprenden tres de sus cualidades: prudencia, ponderación y laboriosidad, las cuales corresponden a su capacidad de estudioso. Porque él es, según Eduardo Zepeda-Henríquez, “como la imagen de la sabiduría en Centroamérica en la primera mitad del siglo XIX”.

Graduado en ambos Derechos (Civil y Canónico), Larreynaga fue catedrático de Matemáticas en la Sociedad Económica de Amigos del País de la misma ciudad de Guatemala y se recibió de abogado en 1801. Para entonces, ya había emprendido su carrera administrativa, a la que sumó su entrega al foro y a la cátedra. En 1818, antes de ese año, donó a la Universidad de León su biblioteca con más de tres mil volúmenes. Tras la Independencia de Centroamérica en 1821, se trasladó a México, donde desempeñó cargos importantes. En 1830 fue diputado al Congreso Constituyente y en 1845 Regente de la Corte de Justicia. Dos años después fallecía de un resfriado, a los 75 años, el 28 de abril de 1847.

Sin carácter nacional, pues Nicaragua pertenecía entonces a Guatemala, Larreynaga representó con altura intelectual a la provincia en el proceso independentista, aunque haya tomado el bando criollo —o la línea conservadora— en contra de los próceres liberales como Simón Bergaño y Villegas y Pedro Molina. Pulcro y honrado, su ejercicio público aminoró su producción, de carácter erudito y misceláneo.

Tuvo muchos discípulos centroamericanos —entre ellos el costarricense José María Zamora y Coronado— a quienes protegía, por lo que era muy querido y llevó a cabo, al pie de la letra, un pensamiento moralista propio, el mismo que presidía sus puestos burocráticos: “El modo de conseguir estimación y granjearse conceptos entre los hombres, es trabajar asiduamente y cumplir con exactitud e integridad lo que a uno se le encarga”. Otro discípulo, el guatemalteco Ignacio Gómez, afirma que Larreynaga fue el literato más infatigable de su tiempo y que la constante de su vida radicó en buscar la verdad.

Finalmente, su razón vital se limitó a acomodarse con sus propios recursos. “El hombre debe hacer consistir su riqueza en saber privarse de placeres inútiles —sostenía Larreynaga— para no pasar la humillación de vender su independencia. El verdadero decoro y esplendor consisten en no deber a nadie nada, en no oír que los acreedores llamen a la puerta, aunque las arcas estén vacías”. Para él, todos somos igualmente ricos si cada quien gasta en proporción a sus ganancias.

Miguel Larreynaga fue uno de los principales próceres de la Independencia Nacional, y sin dudas de ninguna clase debe ser considerado como uno de los grandes forjadores de la nación nicaragüense, cuya vida y obra es un ejemplo para las actuales y futuras generaciones.

El autor es académico de Geografía e Historia de Nicaragua (Tomado y editado —con su autorización— de su libro Héroes sin fusil).

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