Mario R. España
Desde hace algún tiempo el debate sobre la educación sexual tomó cierta velocidad en los medios de comunicación y la sociedad misma. No han faltado artículos pintorescos y posiciones encontradas al respecto.
Pero debo decir que me ha dado cierta alegría las respuestas que varias personas han dado a las interrogantes sobre este tema.
Primero leí un artículo de Asael Pérez, director ejecutivo de Anprovida, que dejó claro que vivir una vida coherente no sólo es de provecho sino que se puede lograr. Y hacía ver cómo el tema de la sexualidad va más allá de la simple educación y la decisión de tener o no tener relaciones sexuales.
Luego se publicó un artículo de Carlos Zúniga, muy acertado en sus datos y argumentos a favor de la abstinencia y de la responsabilidad, que va muy ligada con la capacidad de amar que tenemos.
Yo quiero dar otro paso sobre el debate que creo es muy enriquecedor e importante para nuestra sociedad, y para los jóvenes, que a veces tenemos las ideas un tanto enredadas.
El tema del sexo no puede separarse del amor, así de sencillo. ¿Por qué? Porque da la casualidad que los seres humanos somos más que el resto de los animales, tenemos potencias y capacidades que nos hacen únicos, que nos hacen ser dueños de nuestro destino (ojo, que esto no significa que no tengamos ciertas responsabilidades). Y esta realidad hace también que seamos los únicos en el planeta con la capacidad de “amar”.
¿Y qué tiene que ver esto de “amar” con el sexo? ¡Muchísimo!, porque el sexo es una de las formas más sublimes de demostrar el amor (aunque no es la única, ni la más grande…), y por eso es que hay que saber cuándo, dónde y con quién mostramos este amor.
Por amor yo entiendo —y seguro que muchos lo entienden igual— la capacidad que tenemos de “darnos” nosotros mismos a alguien, y es darnos del todo, sin barreras. Es entregar hasta lo más íntimo. Y esto sólo se puede hacer una vez y para siempre, porque al entregarnos nos gastamos por entero.
Suena esto todo muy lindo, pero ¿y en la práctica? Pues hay tantos ejemplos. Yo he tenido la suerte de conocer a muchas familias que han sido un claro ejemplo de lo que significa amar. Y estos ejemplos son lo que me ha convencido que se puede, con poner empeño y responsabilidad, vivir una vida plena y feliz.
Por eso, alguien que sabe lo que es amar, enamorarse, por supuesto que guarda con mucho empeño esa forma de demostrarlo, sabe esperar el momento oportuno para darse, y sabe buscar a la persona idónea.
Eso no es imposible, ni aburrido, ni “raro”. Todo lo contrario, es toda una aventura y es lo más propio de los seres humanos controlar esta capacidad de amar que tenemos.
De manera que no dudo en decir (avalado por el ejemplo de muchas personas) que es mil veces más hombre (o mujer) quien sabe esperar, quien sabe controlarse y orientar como se debe ese deseo y esa capacidad de amar y de entregarnos que tenemos. Esto es lo que le da esa “salsa” a la vida, a enamorarnos.
Además, como los datos y ejemplos son los que convencen, yo no conozco a nadie (y no me lo invento) que se haya arrepentido de esperar al matrimonio para tener relaciones, para entregarse. En cambio conozco a varios que se han arrepentido de no haber sabido esperar y desearían haberlo hecho.
El autor es ingeniero industrial.