La moral en la “nueva era” de don Enrique

Gloria Aguilar de Chamorro

Parece que los horrores morales que se pusieron de moda por el ideal marxista en la década de los 80, tales como el amor libre, la promiscuidad, los matrimonios “por las armas”, la sustitución de la autoridad moral del padre y/o madre por la del Estado; el autoritarismo y el adoctrinamiento ideológico en las escuelas, etc. ya no son cosa del pasado.

Son ya 13 años desde que por gracia de Dios cambiamos en Nicaragua de un sistema totalitario, marxista y ateo a un sistema democrático de libertades económicas e individuales, en el que la mayoría de los nicaragüenses ha luchado por inculcar a sus hijos valores universales únicos y limpiar un poco Nicaragua del lastre inmoral de los 80.

En la elecciones presidenciales pasadas, la campaña de don Enrique se basó en un cambio, en la promesa de una “nueva era”, en la que él con su ejemplo como hombre moral y de bien, se rodearía de personas afines a esos ideales y le devolvería a Nicaragua las buenas costumbres que poseíamos y heredamos de nuestros padres y abuelos.

Pues bien, todos los que votamos por don Enrique, que somos la mayoría, no entendemos como “moral” sólo lo referente a la corrupción y esperábamos que ese término se extendiera a todas las actividades en las que se desenvuelven los nicaragüenses en su vida diaria.

Hoy día nos espanta la idea de que ni don Enrique ni ninguno de sus ministros y asesores —entre los cuales deben haber muchos hombres y mujeres buenos, de familia y de buenas costumbres—, hayan tenido el interés en conocer a fondo el Manual de Educación Sexual y mucho menos que hayan tenido la valentía de oponerse a él. ¿Es que no comprenden el desastre moral que esto significa para la juventud, o es que en el fondo ya no existe división entre el marxismo y la moral de la “nueva era”?

Se ha comentado en innumerables ocasiones que no nos oponemos a que se forme correctamente a los niños sobre la sexualidad. En lo que estamos totalmente en desacuerdo es en que se deforme a los maestros y luego a los niños sobre la sexualidad con ideologías foráneas, promoviendo el género, la autonomía en las decisiones de relaciones sexuales tomadas por los adolescentes, la promoción del placer sexual, la educación pornográfica (ejemplo que todos pudimos constatar en fotografías presentadas en este mismo periódico de afiches en la biblioteca de una escuela), que las personalidades masculina y femenina se desarrollan en el transcurso de la vida y por lo tanto pueden cambiar, etc. Y peor aún, que los profesores se involucren en terreno tan delicado como es el de educar en la sexualidad a los niños de tres a cinco años, como por ejemplo inducirlos al autoerotismo como algo normal a esas edades, cuando la educación a estas edades en ese campo corresponde exclusivamente a los padres. Ideologías que atentan contra la vida y la institución familiar, se lucran realizando o promoviendo abortos y promoviendo el consumismo pornográfico. Si es que para don Enrique, sus asesores y ministros les da igual que les enseñen a sus hijos todo esto, entonces estoy segura que no entendemos de igual manera la moral de la “nueva era”

El presidente de una país es como una cascada que dirige a su nación a un rumbo para bien o para mal. Basta traer a la memoria al presidente Bill Clinton, quien es y será recordado en la historia por sus actos de inmoralidad, y para cerrar con broche de oro, antes de entregar el poder firmó la ley que permitía el aborto parcial, mediante la cual al bebé hasta los nueve meses de edad se podría sacar del vientre de la madre, en pedacitos para no dañar en la medida de las posibilidades membranas que se pueden utilizar para otro fines. Ahora, en contraste, el presidente George Bush revocó esa ley de aborto parcial, declaró un día para el bebé no nacido, y está, entre otras muchas cosas, devolviendo a su país valores perdidos tales como promover entre los jóvenes la abstinencia.

Esto es lo que esperamos de don Enrique: la valentía de llevar a Nicaragua hacia un rumbo económico, social y moral de bien. Él tiene el poder y nosotros en las elecciones se lo dimos.

La autora es esposa y madre de familia.

Editorial
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