Jorge Eduardo Arellano
Nuestro país es el único del Continente Americano que debe su nombre al de un cacique paradigmático: el significativo representante de la cultura nahua, la última corriente migratoria —procedente de México— que se estableció en el istmo de Rivas, desalojando a los chorotegas.
Poco se sabe de su vida, excepto que era sacerdote. Por tanto, había recibido la transmisión de ritos y costumbres, al igual que una formación cosmogónica. Seguramente también debió pintar los jeroglíficos de los “libros” que, doblados como acordeón, no eran “lengua ni escritura”, pero eran comprendidos por los indígenas.
Cuando el conquistador Gil González Dávila llegó a sus dominios, el cacique Nicaragua acumulaba un gran poder sustentado en el monopolio del cacao y era un güegüe o viejo respetable. Rival de Diriangén, el cacique vecino de los chorotegas, se alió con él para hacerle frente a los españoles. La propia carta de González Dávila, descubridor del Mar Dulce el 12 de abril de 1523, y el posterior testimonio del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo confirman la alianza de ambos caciques.
Pero si Diriangén decidió confrontar al extraño Nicaragua lo examinó para conocerlo a fondo, como un cauteloso estratega. Primero cuestionó la teoría de González Dávila que justificaba el dominio ante el cual su pueblo iba a sucumbir, para a pocos días intentar entramparlo con sus fuerzas y las de Diriangén. Si éste resultó “espartano”, aquél demostró ser “ateniense”.
Esto es lo que refieren los cronistas, los propios capitanes peninsulares y los cronistas de Indias, como Francisco López de Gómora, quien dejó escrita una frase memorable sobre la significación de nuestro principal cacique: “Y nunca indio alguno, a lo que alcanzo, habló como él a los españoles”. Y así fue: recurrió al diálogo, al pensamiento y sus concepciones cosmogónicas para medir la capacidad de su adversario e indagar sus ideas y objetivos. La preguntas del cacique impugnaron las propuestas del capitán español. Respondiendo a una arraigada curiosidad o tradición filosófica de las nahuas, como también a una comprensión nata dela trascendencia, algunas de ellas expresan las ideas primordiales o límites del conocimiento: la creación y consumación del mundo.
Le interrogó acerca del diluvio y del destino de las almas, de ciertos dogmas cristianos y de algunos principios morales reñidos con sus tradiciones indígenas, etcétera, y, sobre todo, le hizo éste decisivo planteamiento: ¿Para qué tan pocos hombres quieren tanto oro? He allí la pregunta clave e inmediata. Se ignora qué le contestó González Dávila, contador de la Isla Española y originario de Ávila. Lo que sabemos es que no pudo resolver todo ese corpus de interrogantes de acuerdo a Pedro Mártir de Anglería: “Sobre otras muchas cosas respondió Gil, explicando la mayor parte según sus alcances y dejando lo demás al divino saber”.
En resumen, nuestra tierra fue el único escenario de un encuentro de dimensión filosófica gestando en el momento de la conquista. Nicaragua sabía que tendría que ir a la guerra. Pero antes, prudentemente, aceptó escuchar al “otro” e intentó comprenderlo, dando ejemplo de apertura inteligente y una lección de racional defensa. Prefirió la reflexión antes que la acción bélica, pero orgullosa y digna de Diriangén.
Por algo el cronista Herrera llama a Diriangén “cacique guerrero y valiente”. Por su parte, López de Gómora define a Nicaragua “agudo y sabio en sus ritos y antigüedades”, siendo un cacique paradigmático. Y los dos conforman el más antiguo sustrato de la nacionalidad nicaragüense y de la naturaleza de nuestro pueblo.
El autor es académico de Geografía e Historia de Nicaragua (Tomado y editado del libro Héroes sin fusil).