Emilio Álvarez Montalván*
Resulta interesante conocer desde qué posición los países desarrollados como Japón, continúan ayudando a América Latina desde hace 40 años. Algo curioso porque este Subcontinente ni es parte del entorno geopolítico tradicional del Japón (que es el sol de la galaxia asiática) ni significa mucho en su comercio exterior América Latina (apenas un siete por ciento). Sin embargo, la política exterior nipona es notoriamente inclinada a cooperar con este Subcontinente. Baste decir que Japón ocupa el segundo lugar después de EE.UU. en la lista de donantes a Latinoamérica.
Para informarnos del contexto de esa ayuda el profesor Hiroshi Matsushita, catedrático de desarrollo político de la Universidad de Kobe, presentó en conferencia dictada recientemente en nuestra Cancillería, las etapas que atravesó su país durante y después de la Guerra Fría. Para ello Matsushita aplica al Japón el modelo propuesto por Stephen Krasner, de Harvard, quien identifica el rol de las naciones, después de la Segunda Guerra Mundial, de la manera siguiente:
El Estado japonés primero actuó (1945-60) como “país receptor”. Un rol pasivo que aceptaba las decisiones impuestas por las potencias victoriosas, sometido entonces a la protección norteamericana conforme el Tratado de Seguridad de 1951. En ese mismo período América Latina recibió una fuerte oleada de emigrantes japoneses (244, 323 personas). También en esos años empezó a figurar América Latina como mercado importante de la manufactura japonesa, al tiempo que importaba de esos países materias primas.
En la segunda época (1960-1975) adjudica Matsushita al Japón lo que Krasner llama un “papel dinámico”. Disminuyen las migraciones a América Latina (reducidas a 66,860) y se incrementan dramáticamente las exportaciones, separando la política de la economía. Ello explica que Japón mantenga, sin interrupción ni crisis, relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba.
En el tercer período (después de 1975) Japón clasifica como “forjador”, o sea comienza a destacarse internacionalmente cursando el ciclo en dos etapas. La primera durante la Guerra Fría, cuando Japón se incorpora como fundador de las conferencias de la Cumbre (1975) e inicia, además, un cambio en su diplomacia hacia América Latina inspirada en el neoliberalismo y anticomunismo, jugando al mismo tiempo un papel protagónico como segunda potencia mundial.
Después de la Guerra Fría se acentúa la cooperación Japón-EE. UU. con la Agenda Común, culminando a partir de la masacre del 11 de septiembre de 2001 al acoger Japón un nuevo concepto de seguridad nacional, lucha contra el terrorismo y colaborando con la paz mundial.
En los últimos años surgen problemas negativos, como la fuerte recesión económica japonesa que disminuye recursos para la AOD, la que pone condiciones al país recipiendario: a) bajo presupuesto militar; b) abstención de fabricar armas de destrucción masiva; c) no exportar armas; d) democratización y economía de mercado. No obstante, Japón no las aplica a China continental.
En cuanto al auxilio japonés a Centroamérica, suma 243 millones de dólares anuales y a Nicaragua 53.7 millones (en 2002), el doble del promedio entregado a cada país del área, cooperación en descenso por la recesión económica del donante. Además, existe una agitada polémica en la opinión pública japonesa que pide explicaciones del porqué gastar tanto en ayuda externa, habiendo localmente tanta demanda social. Es claro, entonces, que esa generosidad japonesa debemos entenderla humanitaria y como una manera de devolver la ayuda que recibieron durante la depresión que siguió a la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, la mejor manera de corresponder los nicaragüenses es involucrándose las comunidades respectivas en el autosostenimiento de programas ahora financiados por Japón, como centros de salud, servicios de agua potable, complejos habitacionales, judicaturas y otros de interés social, que revele muestro aprecio por la ayuda recibida.
* El autor fue Canciller de Nicaragua