León Núñez
El fin de semana pasado los ex analistas políticos de Acoyapa en vez de haberse imaginado el diálogo entre Rizo y el médico de don Enrique —que era lo que yo esperaba— prefirieron imaginarse un diálogo político entre Su Eminencia el cardenal Obando y don Daniel Ortega.
El diálogo entre estos chontaleños tuvo lugar en mi casa de Acoyapa el 26 de julio corriente, es decir, siete días después de haber empezado lo que algunos comentaristas políticos de Managua han llamado el “irreversible proceso de reconciliación entre la Iglesia Católica y el Frente Sandinista”.
A pesar de que asistí al diálogo sin ninguna grabadora, yo creo que puedo reproducir fielmente lo que escuché de los actores; del actor que hizo el papel de Su Eminencia y del actor que representó el papel de don Daniel.
Después que don Daniel, hincado y lloroso, besó el anillo sagrado del Arzobispo de Managua, el cardenal Obando colocando la palma de su mano derecha sobre la mollera de don Daniel le dijo con talante arnoldista: “Levántate y anda”, e inmediatamente comenzó la conversación.
El Cardenal: “Bienvenido comandante. Me alegra verlo de nuevo. ¿Quiere tomar algo? ¿Algún vino de la Rioja, de Valdepeñas?”
Don Daniel: “Gracias, Su Eminencia, prefiero el vino de consagrar”.
El Cardenal: “Ya veo que usted va por buen camino”.
Don Daniel: “Después de agradecerle esta audiencia deseo expresar a Su Eminencia que fue enorme la emoción que sentí cuando recibimos en la Plaza Juan Pablo II, el 19 de julio, a monseñor Eddy Montenegro”.
El Cardenal: “¿Ahora cree en mí?”
Don Daniel: “¿Por qué me hace esa pregunta?”
El Cardenal: “Porque yo supe que usted estuvo dudando de mí; que estuvo pensando en que yo no le iba a mandar a monseñor Montenegro a la concentración política del 19 de julio. Quiero decirle una cosa comandante Daniel. Yo soy hombre de palabra. Después del volado que usted me hizo para que no fregaran a Roberto, ¿cómo no iba a cumplir con lo que le prometí?”
Don Daniel: “Vea Su Eminencia, recuerde que no solamente fue ese volado el que le hice. Tenga presente que también conseguí que Roberto siguiera de Presidente del Consejo Supremo Electoral y que no se investigara a Coprosa”.
El Cardenal: “Ya lo sé comandante Daniel. Roberto está muy agradecido con usted, y desde ahora le digo que cuente con él en el Consejo Supremo Electoral”.
Don Daniel: “Yo quiero decirle a Su Eminencia que cuente también conmigo. Pero considero importante, de cara a las próximas elecciones municipales y presidenciales, que se profundice el proceso de reconciliación entre la jerarquía católica y el Frente Sandinista”.
El Cardenal: “Lo entiendo bien comandante. No se preocupe. La Iglesia lo va a apoyar. Pero ya sabe que cuando sea Presidente de Nicaragua cuidado se va a portar como don Enrique, que no da ni la hora”.
Don Daniel: “Yo le juro desde ahora que me voy a portar con la Iglesia todavía mejor que Alemán. Yo sé que ustedes necesitan mucho dinero para sus labores caritativas y evangelizadoras”.
El Cardenal: “Esas palabras me alientan”.
Don Daniel: “Usted y yo tenemos un compromiso, y sé que usted es hombre de palabra. Pero tengo una inquietud. ¿La Iglesia me seguiría apoyando en caso de que el Vaticano aceptara su renuncia?”
El Cardenal: “Frente a los rumores que ha hecho circular Humberto Belli de que ‘voy de viaje’, quiero decirle comandante Daniel que el cardenal Angelo Sodano personalmente me dijo: ‘No te vas, te quedás’. Pero aún en el caso de que se me aceptara la renuncia, el compromiso que tengo con usted es del conocimiento del Vaticano. Es más, todo ha sido aprobado por Angelo, de tal manera que mi sucesor estaría obligado a cumplir todo lo acordado entre nosotros”.
Don Daniel: “Esto me tranquiliza completamente; me da seguridad”.
El Cardenal: “No se confíe comandante Daniel. Yo creo que ni aún con el apoyo de la Iglesia debe sentirse seguro de la victoria electoral. Alemán o Montealegre podrían ganarle la elección”.
Don Daniel: “La verdad, Su Eminencia, es que Alemán no me preocupa, porque lo tengo en mis manos. Lo voy a poner en libertad hasta después de las elecciones presidenciales del 2006, y si decido darle libertad antes de ese año, sería a base de que no fuera candidato para las citadas elecciones y bajo el firme compromiso de que impida a toda costa la candidatura presidencial del PLC de Eduardo Montealegre, a quien, y se lo digo en secreto, es al único liberal —después de Arnoldo— a quien electoralmente le tengo miedo”.
El Cardenal: “En mi opinión, comandante Daniel, sus condiciones para darle pronta libertad al doctor Alemán me parecen buenas. Voy a aconsejar a Arnoldo que las acepte”.
Don Daniel: “Yo pienso que sería saludable para Alemán que aceptara esas condiciones tan pronto como fuera posible, porque vivo recibiendo tremendas presiones para mandarlo a temperar a Tipitapa”.
En este momento el cardenal Obando y don Daniel cambiaron el tema de la conversación, y después de hablar de cosas de La Libertad, don Daniel le pidió al cardenal Obando su bendición. Don Daniel, ya “bendito”, se despidió de Su Eminencia con palabras de gran afecto, pero pensando para sus adentros en que quizás era todavía muy temprano descartar el peligro parabólico de la víbora.
El autor es abogado y escritor.