Nohelia Gonzá[email protected]
En enero de 2003, el entonces ministro de Gobernación Arturo Harding declaró a LA PRENSA que los conductores de buses “actúan como salvajes” y en ese mismo momento aseguraba tajante que la única manera de detenerlos era a bazukazos.
Y es que para esa fecha según datos de la Policía de Tránsito se registraban 1,091 accidentes en los que se vieron envueltos buseros, los que dejaron 26 muertos y 325 lesionados, cifras que según el entonces titular de Gobernación ponían en evidencia su comportamiento descontrolado.
La noche del jueves último regresaba a mi casa después de una larga jornada de trabajo. Eran las 7:40 de la noche aproximadamente cuando llegué a los semáforos del auto lote El Chele, a la altura del barrio 14 de Junio, antes barrio La Luz. Tenía que doblar hacia la derecha, me detuve, pues el semáforo estaba en rojo y aunque a mí no me impedía el paso, un bus bloqueaba la pasada. A distancia prudente esperé que el semáforo diese vía a los vehículos y me permitieran doblar.
Para mi sorpresa vi cómo el bus, una unidad de la ruta 110 con placas 009-233, se deslizaba hacia atrás en dirección a mi carro, empecé a tocar la bocina para que se diera cuenta que si seguía dejando ir el vehículo me impactaría. Viendo mi angustia un conductor de taxi también accionó su claxon al tiempo que gritaba que el armatoste me impactaría. No tenía salida, había otro vehículo detrás de mí, así es que continué accionando el claxon pero el bus siguió deslizándose hasta impactar el guardafango delantero izquierdo y el bomper de mi carro.
Asustada porque todo pasó en segundos, puse el freno de emergencia y bajé del auto. Para mi sorpresa el bus se largó del sitio del accidente. El taxista, testigo de toda la situación me gritó ¡sígalo que se le escapa, yo le ayudo! Lo que efectivamente hizo y a más o menos una cuadra y algunos metros, se detuvo frente al bus, y yo hice lo mismo al lado del armatoste.
Bajé del carro y le dije al busero que me había chocado, recibiendo como respuesta el mayor repertorio de insultos que he escuchado en mi vida. Furioso con el taxista que le impedía el paso bajó de la unidad en compañía del ayudante y alguien más, y lo retó a que se bajara del taxi para liarse a golpes.
El taxista le reprochó la fuga y la grosería con que me trató, pero el incontrolable chofer siguió con su retahíla de insultos. Otros taxistas que vieron la situación violenta se acercaron e impidieron que el grosero conductor agrediera al solidario taxista.
En ese momento me di cuenta que estaba en peligro y que mi acción de reclamo podría ser una imprudencia, ante semejante energúmeno que al verse rodeado de taxistas le dijo al conductor que lo bloqueaba que de no ser por sus colegas lo habría matado.
Frenético volvió con su descarga de palabrotas contra mí y como me vio teléfono en mano pidiendo que llegara la Policía y la aseguradora del vehículo, me dijo: “Llamáte al Presidente también que no te va a ayudar”.
Un joven que transitaba por ahí se acercó a mí, lo que evitó que el grosero conductor siguiera acercándose amenazante. Unos 20 minutos más tarde llegó mi familia y el iracundo cambió de actitud al ver que ya no estaba sola.
No sé cuál será el resultado de este desagradable incidente. Ojalá fuese el mejor para todos los conductores que a diario circulamos por la ruta que este frenético conductor: su retiro de las calles.
Como este señor un número –no mayoritario– de conductores de autobuses que a diario exponen la vida de sus pasajeros y de las personas que circulan por Managua a pie o en carro, debe ser sometido con urgencia a exámenes sicológicos que determinen si son aptos para asumir la responsabilidad de conducir. Todo depende del reglamento de la nueva Ley de Tránsito, que aún aguarda por la aprobación de la jefatura de la Policía Nacional.
La autora es periodista.