Unos minutos en el velorio de Celia

Amalia Morales

Cuando se va a estar tres días y medio por primera vez en una ciudad como New York, en lo menos que se piensa es en ver noticias. El miércoles había muerto Celia Cruz, lo dijeron los medios en inglés y español, probablemente en otros idiomas de los muchos que se hablan en esa ciudad, pero no lo sabía. Curioso, tres días antes, sin saber que Celia agonizaba, había estado bailando a todo vapor La negra tiene tumbao, en una discoteca en Washington.

Iba en bus para el museo Metropolitano de New York, un templo que exhibe cuadros de Dalí, Monet y otros grandes, cuando una aglomeración de cámaras al acecho de una puerta, que más que de una funeraria parecía la de un hotel, llamó mi atención y la de una periodista venezolana, que me acompañaba. De inmediato nos enteramos que por esa puerta saldría en cualquier momento rumbo a Miami, el féretro de la reina de la salsa, Celia Cruz.

“Se murió uno de los dos cubanos que más admiraba”, comenta Laura, la periodista venezolana, mientras esperábamos la salida del ataúd, codeadas tras la barda, con las cámaras de los medios hispanos más grandes en Estados Unidos.

En la funeraria Frank Campbell, sobre la avenida Madison en Manhattan, no está permitida la entrada. Una parte de la veintena de admiradoras que llegó a ver el cadáver de la Guarachera de Cuba, se conformó con un puesto tras las cámaras. Otras se cruzaron la calle para ver desde la acera de enfrente, aunque desde un ángulo más distante, la sa lida del cuerpo.

“Estamos muy dolidos, pero no hay que llorar porque la vida es un carnaval, como ella decía”, dijo Minerva González, una dominicana cincuentona, que baila las canciones de Celia Cruz desde su adolescencia y que como ella, anda el pelo pintado, en un anaranjado que contrasta con su piel negra.

Con seguidoras como González, que hasta improvisó un poema para la artista, hacían malabares los presentadores de televisión que esperaban la salida del féretro, destinado a cumplir un sepelio maratónico antes que los restos de la sonera se enterraran en el cementerio del Bronx, entre negros y latinos.

La limusina negra que llevará el cuerpo al aeropuerto, ha cambiado tres veces de lugar. Durante el último retroceso, una fotógrafa free lance de Tvnovelas, grita rogando que no le maten la foto y como una fiera advierte, que en ese lugar nadie se le meta. Detrás de ella, Sandra Litppold, una colombiana, lagrimea y nos cuenta la agenda de los honras fúnebres. “Hoy no se podrá ver (viernes) hasta el lunes estará abierta al público. Voy a hacer todo lo posible por venir. Yo la admiraba mucho a ella”, dice entre sollozos.

Después de momentos eternos el ataúd de la “negrita”, como estaban diciendo algunos presentadores, salió cargado por los hombros morenos de seis u ocho hombres vestidos de negro, como para un solemne concierto de salsa, donde la estrella en cualquier momento aparecería. “Todo aquel que piense que la vida es cruel tiene que saber que no es así que tan sólo hay momentos malos”.Con esa especie de himno a la vida que cantara Celia Cruz, tan apropiado para celebrar su muerte, se derramaron los aplausos, lágrimas, pétalos de rosas contenidos en la espera. Litppold no pudo decir nada cuando Mauricio, el presentador de Telemundo, le formuló la típica pregunta de cómo se siente.

El resto sólo podía hablar con las manos. Hasta en eso había dificultad. Ya su alma no estaba. Tampoco las otras miles que seguramente vibraron en sus conciertos. La sonera se ha mudado a otro escenario, desde donde seguramente se distinguirá por su “azúcar”.

La autora es periodista

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí