Jorge Eduardo Arellano
A tres años de publicado su original en inglés, acaba de editarse en Nicaragua la más completa biografía de Carlos Fonseca Amador (Matagalpa, 23 de junio, 1936 /Zinica, 8 de noviembre, 1976), traducida cuidadosamente por Erick Blandón. La más completa porque supera los intentos de los años 80 con fines propagandísticos e inscritos en la mitificación del personaje, líder guerrillero que ocupa un papel central dentro del desarrollo de la izquierda en la Nicaragua de la segunda mitad del Siglo XIX.
Su autora, Matilde Zimmermann, es una scholar estadounidense que no oculta su simpatía por el fenómeno de la “revolución nicaragüense”, –sandinista debió llamarla con más propiedad–, en la cual participó como solidaria cronista de sus primeros años, cortadora de algodón en una hacienda estatal vecina a la zona de guerra, conferenciante en Estados Unidos a favor del gobierno efeselénico y cooperante de su proyecto en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). “Yo estaba decepcionada, aunque no sorprendida –confiesa en la introducción de su libro–, cuando el FSLN fue derrocado electoralmente en febrero de 1990”.
Pero esta fecha significativa –punto de partida de nuestra actual, aunque compleja y deficiente democracia– no le entusiasma. A ella le atrae más la insurrección victoriosa de 1979 y, sobre todo, el proceso que condujo a ese otro fasto inevitable e irrepetible, centrándose en la acción y el pensamiento de su principal protagonista: Fonseca Amador. Matilde Zimmermann, pues tiene un objetivo: “Mantener viva la memoria de las luchas que han conmovido los cimientos sociales en aras de un desarrollo social pertinente y equitativo”, según palabras de Amanda Puhiera, Secretaria General de Uraccan, quien firma la presentación de su obra editada en tiempo récord por PAVSA.
Con todo, no se trata de una apología sesgada, sino del trabajo y de la interpretación de una desfasada científica social que trata de justificar el fracaso del proceso en el que creyó, discutiendo convincentemente –como lo señala uno de sus colegas en la Hispanic American Historical Review (mayo, 2002, p. 383), “que la traición de los sandinistas a las ideas y a la estrategia política de Fonseca Amador contribuyó a causar el deceso de la revolución”. Otro colega suyo, Gary Prevost, en Mesoamérica (junio, 2002, p. 187), le reconoce su insistencia en la considerable atención que ella le presta a las facciones que dividieron el FSLN desde principios de los años 70 hasta el triunfo. “Zimmermann –anota Prevost– proporciona la perspectiva de Fonseca Amador sobre las divisiones, algo que no aportan trabajos anteriores. Fonseca no se identificaba con ninguna de las tres tendencias. Veía limitaciones en los enfoques de las tres y se esforzaba en lograr la unidad de la organización. Zimmermann documenta que el fundador del FSLN era más afín al punto de vista de la Tendencia Proletaria en cuanto a la necesidad de construir un partido revolucionario. También desconfiaba de la estrategia de los Terceristas Insurreccionales de construir alianzas que entregaran cuotas de poder a los partidos tradicionales y enemigos de clase”.
Zimmermann, quien inició su investigación en 1995, aprovecha varios testimonios a gentes de Matagalpa y a familiares, amigos y adversarios de Fonseca Amador; todo el fondo documental disponible en el Centro Histórico Militar del Ejército de Nicaragua –más diarios y revistas, libros y folletos– para trazarnos en diez capítulos un acabado perfil biográfico e ideológico de Fonseca Amador, presentándolo como lo que fue: un fundamentalista a lo Che Guevara. O sea: como el asceta alucinado por la revolución cubana de 1959: “El momento crucial –lo demuestra Zimmermann– de su evolución política” que lo llevó: 1) A descubrir “la posibilidad de una profunda revolución social en su propio país”; 2) A estudiar la historia de Sandino y su herencia programática (para ella Fonseca Amador no conoció a fondo dicha herencia en su patria –lo cual es demasiado improbable–, sino en La Habana) y 3) A encabezar directamente la formación del FSLN. “Nosotros somos la generación fidelista con la meta de establecer en Nicaragua el segundo territorio libre en América” –proclamó Fonseca Amador–.
Como lo afirmó su autora durante la presentación de su libro en la Biblioteca Roberto Incer, del Banco Central de Nicaragua, sus principales argumentos impactarán a muchos de los dirigentes –herederos de Fonseca Amador–, aún activos en el escenario político nacional. Sin duda, ellos no estarán de acuerdo con su afirmación de que, en el transcurso de los 80, reescribieron su propia historia para sustituir el modelo de Cuba por el sueco o el mexicano. De hecho, ya la fecha oficial de la fundación del FSLN en Tegucigalpa, el 19 de julio de 1971, ha sido negada por su propio propagador y único vivo de sus fundadores Tomás Borge Martínez, al igual que la presencia de éste –a sus dieciocho años– en el “bogotazo” de 1948.
No era necesario en el libro de Zimmermann su “Epílogo”, dedicado a la reciente historia del FSLN desde su derrota electoral, porque su naturaleza académica le impide comprender especificidades de nuestra cultura política. De ahí que opte por una idealización fácilmente cuestionable. Así, escribe: “Parte de la explicación de la derrota electoral puede hallarse en el gradual distanciamiento de la propia diligencia del FSLN de las ideas y ejemplo de Carlos Fonseca”. Ella es más precisa al agregar que sus dirigentes –alejados del programa histórico del FSLN– llevaron muy pronto “un tren de vida privilegiado similar a los de los burócratas soviéticos” y que las políticas que tomaron “en la guerra a la contra representó un giro a la derecha, opuesto a Carlos Fonseca, opuesto a los obreros y campesinos de Nicaragua, opuesto al ejemplo de Cuba”.
Devota de este paradigma, Zimmermann concluye que el FSLN “abandonó su propia tradición revolucionaria”, convirtiéndose en una organización partidaria a finales de los 80 y principios de los 90, “sacudida por escándalos sexuales y financieros”. Indudablemente, alude al piñaterismo y, al parecer, a otros tipos de hechos que hasta ahora se ignoran. Porque el caso de Zoilamérica se dio a finales de la década pasada. De este calibre son las distintas opiniones controversiales de la autora en sus capítulos octavo y noveno (“Un movimiento fracturado, 1972-1975” y “La montaña y la muerte de Fonseca, 1975-1976”), siendo el más consistente el séptimo (“Los escritos sobre Sandino, 1970-1974”). Puesto que, para nosotros, el mayor mérito de Fonseca Amador fue transformar al héroe de Las Segovias del nacionalista liberal influenciado por el sindicalismo de la Revolución Mexicana y el agrarismo anárquico español –y que había llegado a elaborar su propia filosofía política partiendo de la Escuela Magnético Espiritual, enlazándola con la tradición bolivariana y antiimperialista de América Latina– en un internacionalista de izquierda, consagrado a luchar por una reorganización igualitaria de la sociedad nicaragüense.
En cuanto a los primeros seis capítulos –que abarcan los primeros años de Matagalpa como hijo ilegítimo, pero reconocido y apoyado por su padre; la época del estudiante rebelde también en Matagalpa y en León, la deslumbrante repercusión de la revolución cubana, la fundación del FSLN, el desarrollo de la estrategia revolucionaria y la vida clandestina y de prisión–, resultan los más documentados e idóneos. Pero Zimmermann no deja de cometer imprecisiones cronológicas, por ejemplo atribuir al año 1948 (en las páginas 69 y 280) el movimiento de Ramón Raudales, desarrollado entre septiembre y octubre de 1958, aunque podría tratarse de un error digital de su traductor Erick Blandón. También sostiene que la revista Segovia ha recibido la atención de sólo dos estudiosos: Jesús Miguel Blandón en 1989 y Werner Mackenbach en 1995; pero ya existía un trabajo sobre el tema, aparecido en el Suplemento Ventana el 17 de diciembre de 1984. Finalmente, ignora la tesis de licenciatura de Carlos Piedras Solano: La praxis de Carlos Fonseca Amador (Managua, Universidad Centroamericana, 1982).
En fin, comparto la valoración que de esta biografía hace su traductor en la contratapa del libro, considerándolo un aporte serio y revelador de “la vida y circunstancia de un luchador intransigente” y, al mismo tiempo, “una arqueología de la revolución que colocó a Nicaragua en la escena mundial a finales del Siglo XX”.
El autor es académico nicaragüense