Los notables de Panchito

León Núñez*

Siempre que en Nicaragua surgía alguna crisis política importante se acudía al expediente de integrar una Junta de Notables, una Comisión de Notables, con la esperanza de que ellos nos dieran o al menos propiciaran una solución; una solución que históricamente nunca encontraron.

Yo creo que fue tanta la ineficacia y el descrédito de esas organizaciones de notables —hubo más de cincuenta en el siglo veinte— que si en la actualidad existieran algunas organizaciones de ese tipo, que no conocemos, ninguna de ellas se ha atrevido a utilizar el calificativo de “notable”.

El último grupo de notables que existió en Nicaragua fue lo que se llamó Corte Cívica, la cual estuvo integrada, entre otras personalidades, por Su Eminencia el Cardenal Obando, Pablo Antonio Cuadra y Lino Hernández. Esa Corte Cívica desapareció silenciosamente cuando “nadie le dio bola”.

A mí me pareció que la citada corte tuvo el propósito de provincianizar, de municipalizar y hasta de comarcalizar la “notabilidad” nicaragüense —iban a organizar cortes cívicas en todos los departamentos del país— pues anteriormente los “notables” solamente aparecían en Managua.

Yo pienso que los miembros de la corte cívica tuvieron la idea descentralizadora de distribuir geográficamente estos honores —el honor de ser “notable”— aunque tal como lo expuse en un artículo en La PRENSA las “diferencias geográficas” siempre iban a persistir —a veces la geografía no coincide con la democracia— porque nunca iba a ser lo mismo ser “notable” de Managua que ser “notable” de Cara de Mono.

No sé si fue por casualidad o porque le gustó la idea de la Corte Cívica que el doctor Francisco Mayorga organizó la Comisión 2000 —integrada por Fundemos, el Banco del Café y el Instituto Cultural Rubén Darío— con el objetivo de repartir honores de “notable” por toda la geografía nacional.

El éxito del doctor Mayorga al frente de la mencionada comisión fue tan extraordinario que no había en Nicaragua alguien que no quisiera ser “notable”. Había una especie de desesperación por “hacerse notar”. La fiebre de la “notoriedad” llegó a tal extremo que todo aquél que no llegaba a conquistar la felicidad —la felicidad de ingresar al club de los “notables de Panchito”— se sentía algo así como discriminado, minusvalorado; se sentía ofendidísimo.

Esas ansias desesperadas de “notabilidad” se podían observar fácilmente no sólo en Managua sino en todos los departamentos de Nicaragua. El hecho de llegar a ser “notable” era tan trascendental, incluso para destacados personajes de la vida política nacional, que no puedo olvidar cuando dos importantísimos funcionarios del gobierno del doctor Alemán me pidieron que “cabildeara” discretamente para que el doctor Mayorga los considerara “notables”.

Los diplomas de ciudadano notable eran entregados, en cada uno de los departamentos del país, en solemnes ceremonias seguidas de pantagruélicas fiestas en donde “corrían” los más finos licores “al lomo” de las más exquistas viandas. Yo recibí mi reconocimiento de ciudadano notable de Chontales, de manos del doctor Mayorga, en Juigalpa, el 27 de agosto de 1999.

En la misma ceremonia recibió su reconocimiento mi paisano Su Eminencia el Cardenal Obando, con la diferencia de que a mí y demás “notables” se nos acreditó este reconocimiento con nuestros respectivos diplomas mientras que al Cardenal Obando se le acreditó su reconocimiento con una valiosísima medalla de oro de veinticuatro kilates. Todavía estaba Su Eminencia en sus tiempones; cuando mandaba a la redonda.

Al final de la suntuosa ceremonia el doctor Mayorga invitó a los asistentes —más de 500 personas vestidas con traje formal— a una fiesta que terminó cuando empezaba el amanecer. Uno de los “presentadores” dijo que don Francisco consideraba que los invitados a la fiesta que no recibieron ni medalla ni diploma eran también “notables”, por lo que les pedía que disfrutaran la fiesta sintiéndose como tales.

A las cuatro de la mañana, de regreso a Acoyapa, estuve reflexionando sobre lo que había visto y oído, y descubrí algo nuevo, que había tres clases de “notables”: que el Cardenal Obando, con su medalla de oro, era “notable de primera”, calificativo que por cierto se merece; los que recibimos simplemente diplomas, éramos “notables de segunda” y los invitados a la fiesta que no recibieron medalla ni diploma eran “notables de tercera”.

Todas estas “notabilidades” sucedían en la época en que el doctor Mayorga recibía felicitaciones y elogios por doquier. Pero desde que don Francisco cayó preso, casi todos se niegan de haber sido “notables de Panchito”, y ya no cuelgan en sus oficinas ni en las paredes de sus casas los diplomas de “notable” ni las fotografías enmarcadas en las que aparecía siempre don Francisco, sonriente, abrazando y felicitando al “diplomado” de turno.

Pareciera que los “notables de Panchito”, aunque por causas distintas, han corrido la misma suerte que los de las juntas o comisiones de notables de antaño: han desaparecido. Quizás el mensaje que se puede extraer del fracaso de todos nuestros movimientos de “notables” sea el de que —para beneficio del país— los “notables” del futuro al mismo tiempo que deben buscar cómo hacerse “notar” menos también deben buscar la manera de cómo tratar de hacer más.

* El autor es jurista y escritor  

Editorial
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