Fernando Centeno Chiong*
Un diputado denunciado de estupro y violación por uno de sus hijos, un abuelo prófugo por haber intoxicado con “guarón” (licor rústico) a su nieto de apenas siete años, padres acusados de explotación laboral, de violación o maltratos físicos contra sus propios hijos, o demandados por incumplimiento de pensión alimenticia, son muchos de los casos que a diario se conocen por los medios de comunicación y que definitivamente no abonan al concepto tradicional de padre.
El diccionario define la palabra como “hombre o macho que engendra uno o varios hijos, cabeza de una estirpe, familia o pueblo, creador e iniciador, promotor”, etc.
También tiene un concepto ampliamente cristiano la referencia a Su Santidad como Santo Padre, padre espiritual a quienes orientan sobre estos temas, o nombre que se da a los sacerdotes católicos, o bien títulos honoríficos, como el de “padres de la Patria” aplicado a los diputados y que en el caso de Nicaragua está muy alejado de serlo. En resumen, la palabra padre está revestida de un simbolismo que indica respeto, disciplina, sacrificio, trabajo, esfuerzo, etc.
El hecho que en países como Nicaragua, donde el machismo es parte de la idiosincrasia y en el 23 por ciento de los hogares no existe la cabeza paternal, o bien que los señores parlamentarios hayan deformado el título de padres de la Patria, no significa que este concepto tenga menos amor, respeto y admiración como el de madre.
Además de los calificativos anteriores, hay otro común denominador para el padre y la madre y es que no existe una escuela formal para aprender el difícil oficio, como hay escuelas de párvulos, de niños o adolescentes, o bien donde enseñan una profesión, o variadas disciplinas como danzas, manualidades, belleza, computación, etc. La única escuela de ambos es la escuela de la vida donde golpe a golpe o verso a verso como dice el poeta, se va forjando el carácter y el temple que trasmitirá a sus hijos.
Si se es honesto se transmite honestidad y aunque ocurriera lo contrario, los hijos no tienen la culpa de los errores de los padres, porque quizás la escuela no fue la mejor para heredar los valores de la honradez, la lealtad y el amor, porque otros quizás no menos importantes como la disciplina y el trabajo se aprenden en el camino.
Hay que sentirse orgullosos del privilegio de la paternidad y aunque no exista una escuela, los que tuvimos la oportunidad de encontrar en el ejemplo de nuestros padres los arraigados principios de la honestidad, el respeto y el amor a las familia, y la lealtad a los amigos .
Un día como hoy recuerdo con mucho fervor las frases que mi padre le dedicó a mi abuelo, y las cuales hago mías como la mejor escuela que he tenido: “ Al morir mi viejo nos dejó una herencia muy grande e inagotable. Su nombre limpio para mirar de frente. Y con la frente en alto para mirar muy limpio. Mi padre era una gran viejo. De esos viejos que dejan huellas profundas en el tiempo. Y recuerdos perdurables en los hombres…”
* El autor es periodista.
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