Devoción de Sor María a María Auxiliadora

Ruth C. de Fuentes

Se acaba de rezar la Novena y celebrar el día a María Auxiliadora, para quien Sor María Romero era un volcán desbordante de amor, tanto para su rey como para su reina. Durante la misa y la bendición con el Santísimo parecía que se salía de sí misma, actitud sencilla pero se notaba que todo desaparecía a su alrededor, parecía que estaba en el cielo, con su Reina, olvidándose de la tierra. Pero así también era correspondida. En uno de sus coloquios con Jesús le dijo que ella era la predilecta de su madre.

Su devoción a María Auxiliadora era enorme. La tarde del 23 de mayo se llevaba la estatua del Colegio Salesiano a la Catedral y se velaba con cantos y oraciones durante toda la noche. Seguían misas solemnes y confesiones y comuniones, por las calles se disparaban cohetes y cargacerradas.

María no veía sino a la Virgen. Durante el inicio de la procesión, ella, a fuerza de abrirse paso se colocaba detrás de la carroza, cerraba los ojos, dejándose llevar un poco a la ventura del ir y venir de las masas de los fieles. De vez en cuando abría un ojo para asegurarse de estar siempre siguiendo a su Señora, a su Reina.

Sor Ana María Cavallini explica el hecho y concluye: “Ciegamente la siguió toda la vida, con una confianza absoluta”. En efecto, María decía: “Yo sé que la Virgen me cuida y no tengo miedo de seguirla con los ojos cerrados”. En unión con María se hace mayor progreso en el amor a Jesús durante un mes, que en años enteros, viviendo menos unidos a esta buena madre.

Sor María empezó a abrir oratorios en 1945. Ya eran veinte y uno más en Tilarán. Este Oratorio, dice Sor María, dio enseguida óptimos frutos; una vocación de un joven a la vida salesiana y, en 1947, un hecho que ninguno pudo olvidar nunca. Había una terrible sequedad, “los niños llevaron a su casa la fe de que para el 24 de mayo llovería si iban a acompañar a la Virgen en su procesión. Naturalmente todos acudieron unos por fe verdadera, otros por curiosidad. Vamos a ver llover, decían burlándose, a medio camino comenzó a nublarse el cielo, después la lluvia se precipitaba con furia sobre ellos y, al final, se descargó torrencialmente”.

Tiene cantidades de oraciones y pensamientos de amor a la Virgen. Uno de ellos es: “¡Vivo yo, más no yo, es la Virgen quien vive en mí!” “¡La Virgen es todo para mí y yo para la Virgen!” “¡Poseyéndola yo y poseyéndome ella enteramente, me siento feliz, ¡felicísima!” “¡Ella, el tesoro y encanto de Jesús y mío!” “¡Donde está tu tesoro allí está tu corazón!” “Y en ella estamos y vivimos inseparablemente los dos: ¡Él y yo!”

Siempre recomendaba rezar los 15 sábados de María Auxiliadora, “inventados” por ella. Tenía como centro confesión, misa, comunión.

Eran quince sábados pero un buen día los multiplicó por dos y por tres, y, en fin, por cuatro. Explican que una de las señoras bienhechoras llegó un día a una reunión, mientras las otras estaban lamentándose del continuo aumento de los precios. Escuchó, luego dijo, con mucha gracia: “Todo ha aumentado, hasta los quince sábados de la Virgen. Sor María antes recomendaba sólo quince y ahora ya va por los sesenta”.

El amor de Sor María a María Auxiliadora es algo fuera de lo normal, casi podríamos decir divino. Una de las cualidades que más inculcan a todos los que estudian con los salesianos y salesianas es la devoción y amor a la Virgen, en los momentos de aflicción y de dolor se recurre a ella y siempre escucha, consuela y ayuda. Hay que tomar a Sor María como ejemplo para conservar siempre durante esa confianza en su amor, pues ella es madre que siempre está al cuidado y defensa de sus hijos.

La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.  

Editorial
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