Mayling Dávila [email protected]
Casi a diario se publican en los medios de comunicación los comentarios negativos de personas que acuden a los hospitales públicos de Nicaragua y se quejan amargamente de la “atención médica” que reciben, la que desafortunadamente deja mucho que desear. La llamada “emergencia”, en donde debería atenderse de inmediato a los pacientes, pareciera más bien una “consulta externa”, ya que casi siempre se observa a grandes grupos de personas en condiciones graves esperando ser tratadas por los médicos.
Para empeorar aún más la situación en estos centros hospitalarios, las condiciones higiénicas son deplorables, los instrumentos y aparatos médicos están expuestos visiblemente a la contaminación, sin embargo así son utilizados. La penuria de medicinas es notable, desconociendo totalmente los pacientes y la población en general el paradero o la debida aplicación de las donaciones de medicinas que provienen del extranjero o la forma en que se hace uso del presupuesto asignado a la salud. No son pocas las personas que han muerto por negligencia médica.
Mujeres que llegan a dar a luz, “casi por caer”, no son atendidas con los cuidados necesarios, aún sabiendo los médicos que su estado puede complicarse e incluso perder la vida (hace poco, una parturienta tuvo que alumbrar en el inodoro del hospital). ¿Dónde queda el juramento hipocrático que hacen los médicos al graduarse? Sin lugar a dudas que no lo llevan en su mente, mucho menos en su corazón.
En no pocas ocasiones los médicos recetan al azar, “por adivinación”, aliviando temporalmente los efectos, sin investigar a profundidad las causas del padecimiento del enfermo, lo cual hace que éste invierta en vano el poco dinero con que cuenta, sin curarse. Los doctores deberían primordialmente, asegurarse dónde radica el mal de sus pacientes antes de recetar y hacer un uso adecuado y oportuno de los equipos médicos necesarios o de análisis de laboratorio, los cuales para eso existen, poniendo un “mínimo” de interés por el bienestar de quien expone la vida en sus manos.
A mi parecer ya es hora que el gobierno invierta adecuadamente los impuestos del pueblo en medicinas y hospitales, en los que la eficiencia, el orden y el aseo puedan ser apreciados por todos. La función del Gobierno no puede reducirse solamente a “combatir la corrupción”, ya que con eso ningún paciente cura sus padecimientos. Se debe velar por las necesidades más perentorias del pueblo y establecer prioridades. Los “asesores” del Presidente, los “padres de la Patria” y demás funcionarios del Gobierno deberían tener esto en mente siempre. ¿Acaso alguno de ellos se atrevería a internarse en un hospital público? Claro que no.
Los profesionales de la medicina deben mantenerse al corriente de los avances de esta ciencia, adecuando sus conocimientos en función de las necesidades impuestas por el cambio de los tiempos. También deberían atender sin excepción a cuantos busquen su ayuda, y pedir el consejo de colegas más diestros cuando esto redunde en beneficio de los pacientes.
El cantautor nicaragüense Carlos Mejía Godoy fue muy acertado al expresar en cierta ocasión que “desaparecer la mediocridad” es lo que él haría en bien de la sociedad nicaragüense.
Es necesario que los médicos, en su mayoría, aprendan a valorar a sus pacientes como lo que verdaderamente son, seres humanos. Que se den cuenta que con la vida de las personas no se juega, que sean altruistas, cuidadosos y atentos, esforzándose por estudiar y capacitarse cada día más para salvar vidas, preocupándose por la salud del paciente como que si se tratara de ellos mismos o de sus seres más queridos.
Sólo entonces serán dignos de llamarse verdaderos médicos y dará mucho gusto y satisfacción, poder expresar con toda sinceridad y entusiasmo: ¡Qué buenos son los médicos de Nicaragua!
La autora es estudiante de farmacia.