Julio Ignacio [email protected]
Zelaya heredó a los liberales sólo malos ejemplos. Muy poco de lo que se cuenta sobre él es cierto. Por ejemplo, que estudió en una academia militar en Europa es falso; sus conocimientos militares, según el periodista liberal de la época, Carlos Selva, fueron escasos. Zelaya es más mito que otra cosa, creado en gran parte por aquéllos que sabían, que creando una leyenda y magnificando la personalidad de Zelaya, la propia también crecía, y se volvían parte de la leyenda a su sombra.
No fue ni ideólogo ni intelectual y participó en la revolución de 1893 casi accidentalmente, pues en esos días buscaba entendimiento con los conservadores de Granada, y como un elemento más nunca como factor decisivo. Zelaya fue un improvisado instrumento del liberalismo nicaragüense. Lo que sí hizo Zelaya, ya montado en la ola del poder, fue hacer a un lado la democracia y el estado de derecho.
La corrupción no fue desconocida en su presidencia. Se convirtió en tirano, abusó del poder, y desvirtuó todos los principios liberales de la Constitución Libérrima. En su gobierno se expropiaba, se apresaba y se apaleaba a quien le daba la gana, cuando le daba la gana y como le diera la gana. A un preso, enemigo político, liberal o conservador, igual lo desterraban, que lo encerraban en unas mazmorras, o le encadenaban una bola de hierro en un pie, o le ponían lavativas de chile. Más bien se puede asegurar que su gobierno fue todo lo contrario de lo que es liberalismo. De hecho la revolución del 93 no fue por los principios liberales, la Constitución fue posterior. No fue causa, fue efecto. Zelaya heredó más vicios que virtudes.
De él viene, contrario a los principios liberales que exaltan la libertad y el derecho de pensar y expresarse con libertad, el vicio de calificar de ingratos y traidores a los que se atreven a pensar diferente a la línea caudillezca del partido, y las exigencias a los militantes del partido de lealtades ciegas e incondicionales como si fueran soldados. Igualito como se maneja el arnoldismo.
Según Duverger en su sociología política, las teorías que consideran como factor esencial del poder las aptitudes del individuo, encuentran confirmación en el análisis de las sociedades animales. Se ha estudiado a las termitas en sus colmenas. Comparar un grupo humano con las termitas, animales perjudiciales, es peyorativo. Se conoce como organismo, la teoría que se aplica a las sociedades de insectos, y entre ellos las jerarquías son de naturaleza sicológica, y solamente, según Duverger, ciertos vertebrados en la más baja escala social, se convierten, como en los insectos, en una especie de castrados síquicos, garantizándose una regulación sicosocial automática, asegurada por la existencia resignada a obedecer.
Entre las termitas no hay jefes propiamente dichos, sino reyes o reinas que mandan, y a los que obedecen sin noción de obediencia porque actúan de forma automática. Esto diferencia a los insectos y a ciertos vertebrados en la más baja escala social, de los vertebrados propiamente dichos, donde las jerarquías obedecen a otros fenómenos no sicosocialmente automáticos.
Viendo cómo se maneja el arnoldismo no puedo dejar de compararlo a un “organismo” o sociedad de insectos, con las termitas por ejemplo, entre las cuales la obediencia es síquica y automática, y su lealtad es igualmente ciega, al mejor estilo zelayista, para “el rey” o para “la reina”.
El autor es jurista