Omnipresente y desconocido Espíritu Santo

Rafael Ibarguren

Durante el tiempo pascual que concluyó la semana pasada, se celebró la triunfante resurrección del Señor. Definitivamente, se puede decir que la fe no es vana: el hijo del carpintero, el nacido de mujer, el que fue crucificado, muerto y sepultado, venció la muerte resucitando glorioso.

La Pascua es como la culminación del itinerario cristiano, la figura de la entrada definitiva en la Gloria. Lo es plenamente, sí, pero no sin un complemento necesario, indispensable: Pentecostés, la venida del Espíritu Santo.

Ya en su vida mortal, Jesús había dicho a sus discípulos que tenía que dejarlos e irse al Padre, para enviarles el Paráclito, aquél que les haría comprender todas las cosas, que sería luz y fuego en su peregrinar rumbo al Reino. Probablemente sus amigos no entendieron el alcance de esa advertencia, como tampoco entendieron su sermón en Cafarnaún sobre el pan vivo bajado del cielo, ni su profecía sobre la destrucción del templo que sería reedificado en tres días.

Es que, precisamente, los discípulos del Señor no habían recibido aún el Espíritu Santo.

Con la perspectiva del tiempo y la experiencia que da la vida; con la ayuda del magisterio de la Iglesia y, sobre todo, con el auxilio del Espíritu Santo, resulta relativamente fácil penetrar en los proyectos de Dios. Permite hacerse una idea aproximada, limitada, de los arcanos divinos. Nunca se abordarían a no ser por la fuerza y la luz del Espíritu Santo.

Al afirmar estas cosas, no pretendo excusar a los seguidores de Jesús por su ceguera, ni concluir que todo es claro y fácil para los católicos de hoy a causa de los factores citados. Simplemente constato el vacío que existe sin la iluminación del Divino Espíritu Santo.

Al soplo de ese gran omnipresente y a la vez desconocido, la Iglesia naciente produjo frutos y realizó gestas que no se repitieron después. Hay que considerar que Cristo había resucitado ¡había triunfado sobre la muerte! Pero eso bastó para encender la fe de los cristianos que estaban desanimados, sin fuerzas ni valor. Muchos de ellos dispersos o perdidos; un pequeño núcleo principal estaba entre cuatro paredes por miedo a los perseguidores, más que reunido, escondido. Pero perseveraba en la oración junto a María, dice la Escritura.

La acción del Espíritu es sui géneris: discreta, suave, pero profunda y a veces fulminante. Él es soberano y sopla donde quiere, cuando quiere y como quiere. Sopló en el Cenáculo bajando en forma de lenguas de fuego, cuando los discípulos estaban allí. Y si dos mil años después la humanidad está aquí es gracias a la torrencial efusión de ese don.

Pienso que hay una belleza particular en el hecho de que el tiempo pascual culmine con esa apoteosis que fue la manifestación del Espíritu Santo en Pentecostés.

Aunque la comparación pueda parecer banal y tenga un barniz burocrático, se puede hacer un paralelo de la resurrección de Jesús con lo que representa la firma que se pone al pie de un documento. El cuerpo del documento, el texto, sería la vida de Cristo, sus enseñanzas, sus milagros. Y la firma, su resurrección, aquello que da sentido a su vida, de la misma manera que la firma de puño y letra da validez y fuerza al texto que la antecede.

Ahora, para ciertos documentos importantes se exige además de la firma un sello oficial. Sin el sello serían nulos. Pues bien, ese tal sello es, en el papel, lo que el Espíritu Santo representa en la vida de la Iglesia y de sus miembros: una marca indeleble, una credencial sin la cual ella no tendría vitalidad, sería un cuerpo muerto.

Esos “documentos importantes” son cada uno de los cristianos. Redimidos por la sangre de Jesús, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y hechos miembros del cuerpo místico de Cristo, tienen de hecho una dignidad y una importancia notable. Es por eso que Jesús instauró un signo para conferirles el Espíritu Santo y confirmarlos en Él: el sacramento de la confirmación que los hace sus testigos, sus heraldos, sus soldados.

No puede faltar en estas líneas que van llegando naturalmente a su fin una mención: junto al Espíritu Santo está su esposa fecunda y fiel, la Virgen María. En la plenitud de los tiempos Él la cubrió con su sombra en Nazareth y se operaron maravillas.

¿Y en nuestros días? San Luis María Grignion de Montfort dice en su obra “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”: Cuando el Espíritu Santo encuentra a María en un corazón, baja presuroso y hace nacer a Jesús en ese corazón ¡Y las maravillas se operan torrencialmente!

El autor es miembro de la asociación de Derecho Pontificio “Heraldos del Evangelio”.  

Editorial
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