Lápiz y papel para el poeta

Joaquín Absalón Pastora

En un reciente viaje por Estados Unidos oí la voz —hablando desde La Habana— de la esposa del poeta cubano Raúl Rivero, voz seducida por la melancolía, atropellada por la indignación, pero segura en el balance de fondo de la cristalización de los ideales por los cuales su consorte está metido en la cárcel.

Ella lo vio despojado de la camisa y de otras coberturas elementales, bañado de sudor, triturado por la limitación de los pasos. Pero con voz, eso sí, con garbo para protestar.

No dejaron transmitir el timbre de él, sólo el de su vocera que en actitud poética se ha dedicado —vestida de negro— a decir en la calle los versos del lirista encapsulado.

Hace poco lo leí (oírlo resulta improbable) en un artículo publicado en LA PRENSA: “Nadie puede hacer que me sienta culpable”. No está tan mayúsculamente derrotado porque la dictadura circulando en la pista de la izquierda, tratando de regalar ápices de generosidad le permite escribir con su acento de poeta lo que quiere expresar de la libertad.

El acoso sólo ha servido para sazonar su moldura indómita. Está consternado y sin embargo lleno de júbilo cuando en la soledad se solaza con la compañera de hierro que lo hace disparar la máquina: La máquina de escribir con la cual siente “el regocijo de sentirse libre” ¿Espejismo o realidad? Ninguna incógnita. Verdad pura porque el universo que llevamos encima se adapta, no es cómplice de los objetivos del verdugo.

Mentalmente uno puede sentirse libre con sólo el hecho de pensar y con más razón si lo que piensa trasciende en el mundo exterior.

Las únicas armas del poeta son el lápiz y el papel. Esas cargas explosivas llevaban en su cabeza Raúl Rivero y otros autores tergiversados por la “tembladera” de la tiranía, cuando el dúo anglo-americano decidió invadir Irak. Tanto miedo que tres jóvenes traviesos con los tropeles del mar fueron vistos como sospechosos de provocar el derrumbe de la “revolución”, razón por la cual había que suprimirlos.

Los fanáticos confunden a Cuba con su gobernante. Cuba no es Fidel. Ni Fidel es Cuba. Fidel es más castrista que comunista. Se debe sentir ninfo barbado ante el espejo.

La ley es, en los sistemas imperativos, hechura de un círculo confidencial de incondicionales con el dueño del poder. No es consultada con ninguno de los sentimientos de la llanura. Es dictada por la “voz del amo”. Esa es la que tiene prisioneros a los periodistas independientes de Cuba que osaron romper la barrera de la sumisión. Por lo tanto no tiene —la esgrimida— ninguna maestría moral para culpar a nadie cuando nace de un recinto que tiene como fachada a una Asamblea demagógicamente bautizada con el nombre impropio de “popular”, cuando de eso tiene poco por no decir nada, salvo el oficioso y cínico membrete.

Ninguna ley concebida dentro de los parámetros irracionales puede obligar a nadie a escribir lo que desea el poderoso para complacer su egomanía.

Nadie puede ponerle llave a los ámbitos del pensamiento. El juego de llaves que el propio Rivero manosea en uno de sus poemas, lo tiene adentro.

Ningún gendarme aunque lo desnude para carcajearse puede quitárselas, sólo que finalmente lo maten, y ni aún así, porque el pensamiento no es vulnerable a los balazos.

El autor es periodista.  

Editorial
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