Arturo Mcfields [email protected]
“En estos días no había rey y cada uno hacía lo que bien le parecía”.
Jueces 21:25
Después que el pueblo de Israel salió de Egipto pasó tiempos de guerra, dolor, hambre y muerte. A pesar de esto, el pueblo llegó a Canaan, una tierra que aunque prometida necesitaba que sus nuevos inquilinos la asumieran con responsabilidad y madurez.
Sin embargo los israelitas, acostumbrados a la esclavitud, jamás lograron entender el reto que significaba vivir en paz y en libertad. En lugar de constituir un gobierno estable de acuerdo a la voluntad de Dios y conforme a la lección aprendida en la esclavitud de Egipto y las vicisitudes del desierto se olvidaron de Dios y vivieron conforme sus propias conveniencias e intereses religiosos.
La falta de estabilidad de la nación judía trascendió el ámbito de la fe. La ausencia de un plan estratégico para administrar su “democracia” los condenó a ser víctimas de sus enemigos, los que ni cortos ni perezosos, les hicieron sus esclavos, les impusieron sus dioses y les usurparon su territorio.
A pesar de este panorama desolador, la Biblia cuenta que ante el clamor creciente del pueblo de Dios, Yahvé les dio jueces que levantaron no sólo la moral de la nación, instaurando valores más allá de las conveniencias y coyunturas políticas. Los nuevos administradores de justicia trajeron tiempos de prosperidad y de refrigerio para una nación inconstante y atribulada.
Al igual que Israel, Nicaragua, un país de guerras, pactos y desastres naturales, se encuentra en un momento crucial para cambiar su historia, lo difícil es encontrar a esos protagonistas, hombres de valor que no se conformen al mundo y su condición. Que estén dispuestos a pasar una raya bien clara entre su opción política y sus valores morales, pero sobre todo de su temor a Dios.
Un temor que trascienda la religión, un temor que implique honestidad en los momentos difíciles, en los momentos en que los comandantes hagan la llamada telefónica cobrando viejos favores, un temor a Dios que surja cuando llamen los directivos del partido o cuando suene el teléfono del líder religioso cobrando alguna indulgencia.
El país está en el umbral de una nueva oportunidad para cambiar la cara del Poder Judicial y probablemente de todas las demás instituciones, que redunde en el renacer de la nación que hoy carece de esperanza, pues a pesar de que no hay guerra, la juventud se muere espiritualmente y físicamente a diario por falta de fe, de trabajo y de escuelas.
La elección de estos funcionarios de justicia es vital para sanar nuestra tierra. Se debe elegir gente no sólo con un amplio conocimiento del derecho sino también con un concepto bien claro de qué es justicia y cómo aplicarla pero teniendo como base la Biblia, la cual define claramente como debe ser el comportamiento de los servidores públicos.
Dios creó al hombre pero también creó un manual perfecto de instrucciones para que el hombre se conduzca, y ese hermoso y valioso manual es la Biblia, si tan sólo los diputados y servidores públicos decidieran rendir sus vidas al Rey de Reyes y Señor, decidieran dejar que Jesús reine en sus vidas y no una religión que somete al hombre a un estancamiento espiritual y lo aleja del verdadero propósito de Dios, cubriéndolo con un manto maligno, alejándolo del verdadero propósito de Dios, que es conocerle y establecer una relación personal con él servirle y ganar almas para él y lo más importante aceptar la salvación y la vida eterna que Él ofrece, ya que hay sólo un único mediador entre Dios y el hombre Jesús y nadie más.
Es momento propicio para hacer a un lado los pactos políticos y religiosos que han causado corrupción, pobreza y desespero. Es el momento idóneo para que el hombre que se llama cristiano, establezca un pacto con Dios. Cuando haya este compromiso de luz, no solamente la nación recibirá perdón de pecados sino que finalmente se podrá ver florecer la esperanza perdida y el Señor bajará a los hombres su bendición para sanar a esta sufrida tierra.
El autor es periodista.