Contra viento y marea, es decir, contra la voluntad mayoritaria de la población nicaragüense, los diputados han decidido nombrar mañana no sólo a los cuatro magistrados de la Corte Suprema de Justicia que hacen falta desde el año pasado, sino que hasta a los cinco que sustituirían a otros tantos, a los que se les vence su período en el próximo mes de septiembre.
Los diputados a la Asamblea Nacional, en términos generales pero en particular los liberales y los sandinistas, nunca se han caracterizado por atender los intereses de la nación ni por respetar los sentimientos, la opinión y la voluntad de los ciudadanos nicaragüenses. Pero en esta ocasión hay en ellos un mayor empecinamiento que sólo se explica porque la “elección” de magistrados sería para renovar de manera parcial el pacto libero-sandinista, y no sólo con el propósito de repartirse las nueve magistraturas de la Corte Suprema de Justicia y reforzar el control caudillista sobre el Poder Judicial, sino también para de alguna manera tramposa conseguir la libertad de Arnoldo Alemán y exonerarlo de los graves cargos por corrupción que pesan contra él y que lo tienen guardando casa por cárcel.
Y esto no es una broma de mal gusto ni una especulación de nuestra parte. Por el contrario, sabemos con certeza que más de un jurista de los que están en las listas de candidatos a magistrados, fueron abordados por ciertos líderes parlamentarios para decirles que podrían ser apoyados si una vez que estén ocupando las magistraturas “se portan bien con el hombre”.
Pero la oposición de la mayoría de los ciudadanos a que se nombre a los magistrados, mañana, a como lo han planeado los diputados, no es sólo porque se trata de un acuerdo para la renovación parcial del pacto libero-sandinista. Es que además de esa renovación del pacto libero-sandinista que ha sido sin duda el más perverso y pernicioso de toda la historia nacional, está también el problema de que semejante cantidad de magistrados (16) es innecesaria y además onerosa para la economía de un pueblo que vive en permanente crisis económica y en su mayor parte sufre los rigores de la pobreza y la miseria.
En nuestra edición de ayer publicamos los resultados de una encuesta de M&R Consultores, en la que el 95.8 por ciento de los encuestados “se pronunció porque los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) sean reducidos a siete, en vez de los 16 que de acuerdo a la Constitución integran ese poder del Estado”. Además, el 90.8 por ciento se pronunció por la despartidarización de la justicia, y la misma proporción de ciudadanos apoyó la propuesta del presidente Enrique Bolaños de que los magistrados se elijan por medio de un sorteo a fin de que los electos no le tengan que agradecer sus votos a nadie en particular.
Ahora bien, es cierto que el número de magistrados de la Corte Suprema de Justicia sólo se puede reducir mediante una reforma constitucional. Sin embargo algunos constitucionalistas han sugerido una solución que a todas luces podría ser factible, siempre y cuando los legisladores atiendan el sentimiento de la nación.
Se trata de que para mientras se reforma la Constitución, lo cual, como se sabe, requiere dos legislaturas, se podría dictar una ley presentada como iniciativa con carácter de urgencia del Poder Ejecutivo, mediante la cual se mandaría a que todos los siete magistrados actuales continúen en sus cargos hasta que se elija a los sustitutos.
De esta manera no habría necesidad de hacer ahora mismo la elección, se mantendría el balance político que hay ahora en la Corte Suprema de Justicia y se trabajaría con calma la búsqueda del consenso básico para la reforma constitucional, que por cierto es necesaria no sólo para reducir el número de magistrados sino también para aprobar otras enmiendas institucionales, como las que plantearon el martes los 150 nicaragüenses notables en los “5 puntos por Nicaragua”.
Todavía es tiempo de evitar el error de hacerle más daño a la institucionalidad y en particular al sistema judicial. Y si los diputados se empecinan en elegir a los magistrados como ellos quieren, se hundirán mucho más si cabe en la ignominia del desprecio nacional.