Un buen maestro en el aula

Hortensia Rivas Zeledón

Hubo una época en Nicaragua en que la enseñanza que se impartía en los centros educativos, tanto privados como estatales, era de muy buena calidad y lo mismo en primaria que en secundaria o en nivel universitario. Y era así porque los maestros primero que todo sentían un gran respeto por ellos mismos, tenían mística, dominaban los contenidos que enseñaban y por eso mismo explicaban con claridad a sus alumnos, y por supuesto, había un buen rendimiento académico. Los bachilleres que decidían estudiar en el extranjero tenían éxito en sus estudios y podían competir fácilmente con estudiantes de otros países, porque habían adquirido una sólida base de conocimientos.

En esa época los directores de los centros educativos eran mayoritariamente maestros, con varios años de experiencia, que se preocupaban por el rendimiento académico, la disciplina, el orden y el buen prestigio del centro que estaba bajo su liderazgo.

Pero cuando los guerrilleros sandinistas tomaron el poder por la vía armada e impusieron un régimen totalitario y estatista, la educación pasó a ser un medio de dominación porque a través de ella podían manipular el pensamiento de la niñez y la juventud. Para ello necesitaban controlar a los maestros y por eso fue que aumentaron considerablemente la burocracia y crearon instancias regionales, municipales y distritales llenas de burócratas denominados técnicos, que además eran fieles a la línea del FSLN. Ellos estaban allí para vigilar que se cumplieran los principios, fines y objetivos de la educación sandinista; porque sí había un proyecto educativo sandinista.

Esos técnicos, para cumplir su misión bajaban las orientaciones y líneas que el partido y las instancias superiores querían que se cumplieran en los centros de estudios, por ejemplo: Servicio Militar Patriótico (obligatorio), vigilancia revolucionaria, etc.

Esas instancias llenas de una gran burocracia conocida como técnicos que surgió en la década de los 80, han sobrevivido a través de los tres gobiernos democráticos posteriores al sandinismo, porque aparentemente se han vuelto indispensables. Y aunque desde que surgieron se ha aumentado el número de técnicos, la educación no ha mejorado; por el contrario, se ha venido deteriorando y poco o nada pueden hacer esos especialistas para que la calidad de la enseñanza vuelva a ser como antes del 19 de julio de 1979.

Porque no son los técnicos independientemente de su calidad los que hacen posible que la educación sea eficiente y el rendimiento académico sea alto. Es dentro del aula que se realiza el proceso enseñanza-aprendizaje y su éxito o su fracaso depende de la relación entre el maestro y sus alumnos, del conocimiento que él tenga de las capacidades, habilidades, hábitos, dificultades e intereses de ellos, del dominio que tenga de los contenidos que enseña y del método que use para trabajar con las diferencias individuales.

En los centros debe haber directores interesados en mejorar el proceso enseñanza-aprendizaje, en corregir los errores, en lograr un alto rendimiento académico, pero no en cifras sino real, es decir, que los alumnos aprendan bien los contenidos que corresponden al grado o año que cursan.

La excelente calidad de la enseñanza y el alto rendimiento académico se da en aquellos centros que tienen al frente a un buen director y cuentan con buenos maestros, porque el éxito de la educación depende fundamentalmente de un buen maestro en el aula y un buen director en el centro.

La autora es maestra.  

Editorial
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