Jorge Ramos Ávalos
MIAMI.- Hacía mucho tiempo que no sentía tanta desilusión en el exilio cubano.
Creo que surge del darse cuenta de que las cosas no van a cambiar pronto en Cuba y de que ningún gobierno del Continente, incluyendo al de Estados Unidos, está realmente comprometido a acelerar el proceso de cambio.
Fue, sin duda, descorazonador ver la bienvenida que recibió el dictador Fidel Castro en Buenos Aires. Tras asistir a la toma de posesión del presidente de Argentina Néstor Kirchner, Castro habló durante dos horas y media ante unos cinco mil entusiasmados argentinos reunidos en las escalinatas de la escuela de derecho. Es triste cuando un dictador es aplaudido así. ¿Le aplaudirían así también a Pinochet o a los ex dictadores argentinos? Pero lo verdaderamente incomprensible es que muchos gobiernos latinoamericanos —sobre todo Brasil, Venezuela y ahora Argentina— siguen tratando a Castro como si fuera un presidente legítimamente elegido. Si América Latina dejara de invitar a Castro a sus reuniones y eventos regionales, otro gallo cantaría en Cuba. Cuando invitas a un dictador a tu casa te vuelves su defensor.
América Latina ha sido, históricamente, el cómplice silencioso de la dictadura cubana. Estados Unidos, en cambio, siempre se ha quejado. Pero sus quejas han servido de poco, muy poco. Tras la reciente ejecución de tres cubanos que trataron de escapar de la isla y el brutal encarcelamiento de 75 disidentes Estados Unidos no hizo nada más que quejarse.
Nueve presidentes norteamericanos han fracasado en su intento de sacar del poder al dictador Fidel Castro y George W. Bush corre el riesgo de convertirse en el décimo de la lista. La política de Estados Unidos hacia la isla —cuya pieza fundamental es el embargo económico— no ha dado resultados concretos en cuatro décadas. Y como prueba de ese fracaso Castro sigue ahí.
Conozco a varios cubanos que están convencidos de que a Fidel Castro se le pueden imputar tantos o más muertos que a Saddam Hussein o a Ossama bin Laden y que el dictador cubano representa un serio peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos. Pero ese convencimiento viene acompañado de la queja de que el gobierno del presidente George W. Bush no se atreve a tomar medidas más efectivas en su contra.
Hace unos días, en la Casa Blanca, Bush recibió una carta de cuatro exiliados cubanos que le pedían la “eliminación radical” de la dictadura. ¿Le hará caso Bush a este tipo de consejos? No lo creo. Pero el tema de una posible invasión a Cuba —idea que yo no apoyo— sigue presente.
Ricardo Alarcón, el presidente de la Asamblea cubana, denunció en la cadena de televisión ABC que el presidente Bush estaba siendo presionado por su hermano, el gobernador de la Florida, Jeb Bush, para que dé la orden de invadir a Cuba. Imposible corroborar semejante jalada. Castro y sus achichincles llevan años diciendo que ahí viene el lobo y el lobo nunca viene. Pero con las broncas que tiene Estados Unidos con el terrorismo y en el Medio Oriente, Bush no se va a meter en un infiernito a 90 millas de la Florida. Tiene otras cosas en la cabeza.
Bush insiste en que “no hay lugar para dictaduras en las Américas”, pero trata a los dictadores de formas muy distintas. A Saddam lo derroca invadiendo Irak, al atómico Kim Jong Il lo tranquiliza con la promesa de pláticas, a los chinos Jiang Zemin y Ju Hintao les da trato preferencial en el comercio, y a Castro ni siquiera lo voltea a ver.
Quizás ese es el problema central. Que América Latina —Cuba incluida— no le interesa ni le preocupa lo suficiente por ahora a Estados Unidos. Estados Unidos sólo ve a América Latina cuando hay una crisis y, como un buen bombero, apaga incendios y luego se retira. El fuego de Cuba no es suficientemente grande como para requerir su atención inmediata. Si Cuba fuera un asunto tan importante para Bush —como lo ha sido Afganistán e Irak— ya nos hubiéramos dado cuenta. Cuba no le quita el sueño a Bush. Y eso molesta aquí en Miami.
¿Le costará esto votos cubano-americanos al presidente Bush en las elecciones del 2004? Puede ser. Siete de cada 10 cubanos votaron por Bush en el 2000; con eso ganó la Florida y la Casa Blanca. ¿Podrá repetir? No hay ninguna garantía. Para ganar abrumadoramente el voto cubano-americano ya no basta ser el candidato republicano. La comunidad cubana no es monolítica. Luego de ganar las elecciones del 2000, Bush le hizo la siguiente promesa a los cubanos: “No voy a olvidarlos”. (Lo sé porque me lo dijo en una entrevista.) Y ahora tiene que cumplir. El problema es que Bush no sabe cómo. Cayó Afganistán, cayó Irak y Cuba ¿cuándo?
La desesperanza que siento en la comunidad cubana casi se puede tocar. Una parte de América Latina sigue aliada a su peor enemigo y Estados Unidos insiste en pegarse contra la pared con la misma fórmula que ha fracasado en sacar a Castro del poder durante más de cuatro décadas.
A los cubanos del exilio les aterra pensar que Fidel Castro pudiera seguir en el poder hasta el año 2020, como sugiere con ironía uno de los personajes de la última novela del mexicano Carlos Fuentes (La Silla del Aguila). No es de risa. En el caso de Fidel Castro la realidad ha superado con creces a la ficción.
¿Quién se hubiera imaginado el primero de enero de 1959 que Fidel Castro seguiría en el poder en el 2003? ¿Quién hubiera podido pensar que a principios del tercer milenio miles de estudiante argentinos se reunirían a aplaudirle a un dictador que, semanas atrás, había ordenado el asesinato de tres personas? (Uno de los ejecutados tenía sólo 21 años, la misma edad de muchos de los que le aplaudieron a Castro en Buenos Aires). ¿Quién se hubiera imaginado esto?
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