Raúl Rivero*
La letra de la ley sobre la protección de la independencia nacional y la economía de Cuba les permite a las autoridades de mi país condenarme por el único acto soberano que he realizado desde que tengo uso de razón: escribir sin mandato.
El camino que inicié hace unos pocos años con la ruptura total con los medios de prensa y cultura del gobierno me ha ido convirtiendo en un ser humano distinto, alguien que se ha liberado por cuenta propia, alguien que en un entorno amenazador y hostil pudo empezar el viaje hacia la libertad individual.
Los miedos, las prisiones, el acoso, sólo han servido para darle más valor a esos hallazgos. Han contribuido a que mi devoción por la soberanía del hombre sea ahora un instinto indomable, mucho más que una noción y una necesidad.
De modo que una disposición redactada con la tinta perecedera de las trampas políticas, envuelta en una maniobra chapucera para hacer aparecer a un pequeño grupo de periodistas que trabajamos en Cuba como aliados de narcotraficantes y proxenetas y mercenarios a sueldo de Estados Unidos, me produce sólo un variado cóctel de repugnancia.
Los años de cárcel que la ley promete con generosidad, por encima al temor del encierro y el castigo, hay que verlos con consternación. Es presentar a la nación cubana como una tribu enquistada en el Caribe, clausurada para la información y el debate de las ideas, ajena a la evolución y al cambio.
Para el brazo en alto de la ley, así como para los insultos de los oscuros funcionarios del periodismo oficial, las llamadas amenazadoras a mi casa, para el sobresalto de cada día yo tengo —me doy cuenta cuando me quedo solo con mi máquina— el regocijo de saberme libre. La certeza de que informar con objetividad y profesionalismo y escribir mi opinión sobre la sociedad en que vivo no puede ser un delito muy grave.
Me cuesta mucho trabajo sentirme culpable. Es casi como si se me acusara de respirar o se me anunciara una eventual prisión por amar a mis hijas, a mi madre, a mi mujer, a mi hermano y a mis amigos.
No puedo asumirme como un delincuente por contar con precisión el drama de más de 300 prisioneros políticos, o por informar que se derrumbó un edificio en La Habana Vieja, o por publicar una entrevista con un cubano que quiere para su país una sociedad plural y plena de libertad de expresión.
Nadie, ninguna ley podrá hacerme asumir una mentalidad de gángster o de delincuente porque reporte el arresto de un opositor o de un delincuente; o dé a conocer los precios de los productos básicos de alimentación en Cuba, o redacte una nota donde diga que me parece un desastre que más de 20,000 cubanos se vayan cada año al exilio, a Estados Unidos, y otros centenares estén tratando de quedarse en cualquier parte.
Nadie me hace sentir como un criminal, un agente enemigo, ni como un apátrida, ni como ninguna de esas necedades que el gobierno usa para degradar y humillar. Soy sólo un hombre que escribe. Y escribe en el país donde nació, y donde nacieron sus bisabuelos.
* El autor es poeta y periodista cubano, de 57 años de edad, quien fue sentenciado a 20 años de prisión por el gobierno de Cuba, junto a unos 89 escritores y disidentes.
Coypright (c) 2003 de The New York Times Company. Reimpreso con autorización.